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domingo, 21 de agosto de 2016

La muerte de un burócrata, medio siglo después



A cada rato, la prensa cubana publica líneas sobre la burocracia, verdaderamente kafkianas, surrealistas, tragicómicas, pletóricas de humor negro, como los avatares de la sufrida figura protagónica del filme La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), los cuales pueden apreciarse un día sí y otro también en disímiles dependencias.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Las noches de Constantinopla, en la televisión nacional


Orlando Rojas, el progenitor de Papeles secundarios, una de las criaturas fílmicas más visualmente rotundas y artísticamente atrevidas (también de las más gélidas) de la historia del cine cubano, se sacó de la manga una comedia gótica, rebelde, vitriólica, transustanciada, dicótoma y tan andrógina como varios de sus personajes en  Las noches de Constantinopla (Cuba-España, 2001, asida esta a una inmoldeable argamasa dramática sustantivada en vibrante y posmoderno tejido intertextual, en concreta conciliación de comedia y melodrama, academia y novedad dentro de un filme que si bien no deja de moverse en un patrón estructural clásico, no resultaría fácil de etiquetar en el panorama insular.

martes, 25 de marzo de 2014

La muerte de un burócrata: una comedia excepcional, la burocracia y el marabú


Días antes de suscribir este texto, quien escribe casi reencarna en Juanchín, el atribulado personaje central de La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), al tramitar la, a la larga nunca conseguida, certificación de nacimiento de una persona fallecida durante los inicios del siglo XX. Poco le faltó para estrangular tras otro panteón, de documentos esta vez, a uno de los agentes peloteantes del Registro Civil. Sucede a escala micro y a niveles macro. A inicios de 2010, el diario Granma publicaba -en portada- extenso titular donde se aseguraba que la burocracia impedía un mejor desenvolvimiento de la venta de carne de cerdo en La Habana. Otras líneas de similar cariz, kafkianas, surrealistas, tragicómicas, pletóricas de humor negro, como los avatares de la sufrida figura protagónica del filme, pueden apreciarse un día sí y otro también en la prensa cotidiana. Las odiseas particulares de seres anónimos -pero conformantes en masa del corpus social- en institutos de la Vivienda, consultorías y otras dependencias estatales evocan el calvario de aquel sobrino interpretado por Salvador Wood, quien solo quería enterrar a su tío Paco, pero ello le costó la cordura en el camino. De modo que, 48 años después, la película (especialmente recordada a propósito del aniversario 55 del ICAIC) sigue ahí, viva su alerta, vigente su análisis, diáfana e imperdible su auscultación al fenómeno que, pese a no ser exclusivamente endógeno, sí prendió fuerza tal en estas tierras de América que al día de hoy aun no se le encuentra pasaporte de destierro.
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