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domingo, 21 de agosto de 2016

La muerte de un burócrata, medio siglo después



A cada rato, la prensa cubana publica líneas sobre la burocracia, verdaderamente kafkianas, surrealistas, tragicómicas, pletóricas de humor negro, como los avatares de la sufrida figura protagónica del filme La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), los cuales pueden apreciarse un día sí y otro también en disímiles dependencias.

jueves, 26 de junio de 2014

La invención de Hugo 3D, en la sala Patria


Al olor de sus ´70, Martin Scorsese, último maestro vivo de la pantalla norteamericana, rubricó en La invención de Hugo (Hugo, 2011) el filme más nostálgico, autobiográfico, familiar, irrigado por la fantasía y reafirmante tanto de su inmenso amor hacia el cine como de sus notables conocimientos históricos en torno a dicho arte. El único rodado por él hasta el momento en 3 D. Con verdadero sentido en su caso, no por mera moda, sino en función de expandir la profundidad de campo; conferir plasticidad a geniales travellings aquí articulados o a determinadas tomas aéreas.

martes, 25 de marzo de 2014

La muerte de un burócrata: una comedia excepcional, la burocracia y el marabú


Días antes de suscribir este texto, quien escribe casi reencarna en Juanchín, el atribulado personaje central de La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), al tramitar la, a la larga nunca conseguida, certificación de nacimiento de una persona fallecida durante los inicios del siglo XX. Poco le faltó para estrangular tras otro panteón, de documentos esta vez, a uno de los agentes peloteantes del Registro Civil. Sucede a escala micro y a niveles macro. A inicios de 2010, el diario Granma publicaba -en portada- extenso titular donde se aseguraba que la burocracia impedía un mejor desenvolvimiento de la venta de carne de cerdo en La Habana. Otras líneas de similar cariz, kafkianas, surrealistas, tragicómicas, pletóricas de humor negro, como los avatares de la sufrida figura protagónica del filme, pueden apreciarse un día sí y otro también en la prensa cotidiana. Las odiseas particulares de seres anónimos -pero conformantes en masa del corpus social- en institutos de la Vivienda, consultorías y otras dependencias estatales evocan el calvario de aquel sobrino interpretado por Salvador Wood, quien solo quería enterrar a su tío Paco, pero ello le costó la cordura en el camino. De modo que, 48 años después, la película (especialmente recordada a propósito del aniversario 55 del ICAIC) sigue ahí, viva su alerta, vigente su análisis, diáfana e imperdible su auscultación al fenómeno que, pese a no ser exclusivamente endógeno, sí prendió fuerza tal en estas tierras de América que al día de hoy aun no se le encuentra pasaporte de destierro.
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