
Las horas (The Hours) arranca con la
crispante imagen del suicidio de la escritora Virginia Woolf en 1941. Tras
colocarse una piedra en el bolsillo, se hunde en la oscuridad del río Ouse,
cerca de la campiña inglesa; el sitio donde los médicos desde mucho antes le
habían prescrito acudir, para ver si aliviaba la enfermedad mental motivadora
de largos períodos depresivos e inestabilidad emocional. Le hastiaba la vida
suburbana, los doctores, el mundo y ella misma. Solo la existencia de sus
personajes permitíale afrontar su propia subsistencia. Hay una escena de la
película, ubicada en la década del 20, en el proceso de elaboración de su
novela Mrs. Dalloway, que registra este diálogo entre su esposo y ella:
“En tu libro escribes ¿Por qué alguien debe morir?. Es una buena pregunta”.
Virginia le responde en el filme a través de las mismas palabras de la obra
literaria: “Alguien debe morir para que otros aprecien más la vida. Morirá el
poeta, el visionario”. Consecuente consigo, se ofrece en holocausto.
Contribuyendo al hacerlo a desbrozar las yerbas que nublan las certezas y hasta salvar quizá a otros que, como ella
-quisiéranlo o no-, torcieran el sentido del tiempo, al convertir la vida a su
pesar en un desfile martillante, tormentoso e inaguantable de horas, minutos y
segundos.