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sábado, 1 de enero de 2022

El planeta se va a joder y nadie lo quiere saber

 


Que Adam McKay, de la viña de Saturday Night Live y exponente en su día de la llamada Nueva Comedia Americana, sea además una de las mentes propulsoras tras la serie de HBO Succession y el director de Vice, entre otros galardones, habla bien del talante de este señor para el vitriolo, la comedia ácida y el comentario social.

domingo, 27 de agosto de 2017

Solo un sueño: rica disección fílmica del “american way of life”.


Napoleón solía decir que la ropa sucia debe lavarse en casa. Al británico Sam Mendes le importó un comino lo que dijo el emperador y sacó a coger sol a la ropa interior de la familia de clase media, en los espiritualmente desencantados Estados Unidos de fin de milenio, Belleza americana mediante (American Beauty, 1999).

lunes, 15 de septiembre de 2014

Celebrity: Allen contra los famosos


A pocas yardas de pisar los setenta al finalizar Celebrity, de 1998,Woody Allen mantenía la lozanía de un cineasta joven. Aun lo hace en pleno 2014. Esto, aunque no pase de un lugar común, hay que señalarlo porque resulta maravillosa la vitalidad que, a la sazón, fluía y refluía, sin atascarse en canales estancos, en la creación de este sabrosísimo, refocilante y ponzoñoso realizador neoyorkino (con posterioridad, ya entrado este siglo, Allen sí caería en una retracción mediante parte de su lamentable “periplo europeo”). La mayoría de las constantes de su obra están nuevamente en Celebrity,  aunque la película, siendo una suma de pastiches, conceptos inveterados de su filosofía de la vida y subrayados de obsesiones que lo han marcado desde que le salió el vello público, es rabiosamente nueva, salidita del celofán porque la historia, más allá de sus obvios puntos de contactos con anteriores cintas, está provista de la enjundia y la substancia de un proteico acto de entrega al cine.

domingo, 11 de mayo de 2014

El lobo de Wall Street: un sistema enfermo de sí mismo


El lobo de Wall Street (2013), de Martin Scorsese, funciona de dos maneras: primero, en cuanto puesta al día, cronológica y metodológica, no tanto de los destinos de un personaje imperdible del cine norteamericano como fue aquel tiburón bursátil llamado Gordon Gekko, de Wall Street, la película estrenada en 1986 por Oliver Stone, como de la continuidad de su presencia cual material dramático derivado de la mera realidad social. Ahora, por supuesto, Gekko ya viene transubstanciado en otro tahúr financiero. Diferentes nombres, ligeros cambios epocales o formas técnicas de desfalcar; pero, en el fondo, el mismo contexto, similar intención de acumular millones sobre la base de la sustracción ilegítima y la mentira. Segundo: a la manera, muy en consecuencia con la trayectoria del realizador de Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995), de otro notable fresco sobre esos -para sí dilectos- universos de la corrupción, la degradación moral, la ambición y codicia desmedidas; peculiares deontologías donde la básica y (amoral) regla de sus protagonistas pasa por adquirir poder, cueste cuanto cueste pintar el color del dinero.
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