Hay películas donde
la inmensidad de sus intérpretes es tal, que éstos literalmente se comen al
filme, sobre todo si su guión no resulta la suficientemente vigoroso para
soportar semejante peso. Con Hideous
Kinky sucede algo así. La inglesa Kate Winslet, protagonista de la cinta,
devora antropofágicamente la historia, y más que sostener el relato -como han
apuntado algunos críticos- de veras lo trucida al demostrar con su histrionismo
extraclase que la obra se le queda demasiado chica.