Ya Chaplin dejaba sentado que
entre las funciones de la pantalla no figura justamente la de aburrir al
espectador, y la en tal premisa contraria al axioma, El viajero inmóvil (2008), de Tomás Piard, no solo desestimaba el
aserto a rajatabla, sino que se erigía en compendio increíble de todo cuanto un
realizador no debe hacer al plantearse una puesta en escena, por muy a ultranza
“indefinida” que añorase ser. La
indefinición del filme venía muchísimo menos por una presunta identidad con
emblemas posmodernos o por el deseo, ex profeso, de parecerlo, tanto como
porque el creador de Ecos en realidad nunca tuvo bien en claro que se traía
entre manos.
