
Ya Chaplin dejaba sentado que
entre las funciones de la pantalla no figura justamente la de aburrir al
espectador, y la en tal premisa contraria al axioma, El viajero inmóvil (2008), de Tomás Piard, no solo desestimaba el
aserto a rajatabla, sino que se erigía en compendio increíble de todo lo que un
realizador no debe hacer al plantearse una puesta en escena, por muy a ultranza
“indefinida” que añorase ser. La
indefinición del filme venía muchísimo menos por una presunta identidad con
emblemas posmodernos o por el deseo, ex profeso, de parecerlo, sino porque el
creador de Ecos en realidad nunca tuvo bien en claro que se traía entre manos.
Lo más doloroso es que la excusa para este desmadre vendría a fundarse casi por
irónico conducto de redargución justificativa-en tanto homenaje a la gran
deidad de nuestro panteón creativo se suponía fuese-, en el mismísimo sino
deconstructor de la poética de José Lezama Lima, en su manera de esquirlar los
tópicos y lugares comunes del espacio literario insular, en su presunto
hermetismo, su visión oblicua y sensorial,
y ese teatro en tercera dimensión de asociaciones, interconexiones,
sueños y pesadillas que era su mente. Empero, la asunción de dichas cualidades
humanas y no otras operan en el filme como sinécdoque arbitraria que toma esas,
entre las disímiles luces identitarias del autor, como parte totalizadora del todo suyo que de veras cree estampar,
aunque cuando el Lezama completo de carne y hueso, aquel monstruo de la
escritura asmático, gordo, homosexual, mecenas, aperturista, sensible, tierno,
ríspido, ermitaño…fue mucho más que eso.