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domingo, 19 de julio de 2015

La ciudad



Ya Chaplin dejaba sentado que entre las funciones de la pantalla no figura justamente la de aburrir al espectador, y la en tal premisa contraria al axioma, El viajero inmóvil (2008), de Tomás Piard, no solo desestimaba el aserto a rajatabla, sino que se erigía en compendio increíble de todo cuanto un realizador no debe hacer al plantearse una puesta en escena, por muy a ultranza “indefinida” que añorase ser.  La indefinición del filme venía muchísimo menos por una presunta identidad con emblemas posmodernos o por el deseo, ex profeso, de parecerlo, tanto como porque el creador de Ecos en realidad nunca tuvo bien en claro que se traía entre manos.
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