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domingo, 19 de julio de 2015

La ciudad



Ya Chaplin dejaba sentado que entre las funciones de la pantalla no figura justamente la de aburrir al espectador, y la en tal premisa contraria al axioma, El viajero inmóvil (2008), de Tomás Piard, no solo desestimaba el aserto a rajatabla, sino que se erigía en compendio increíble de todo cuanto un realizador no debe hacer al plantearse una puesta en escena, por muy a ultranza “indefinida” que añorase ser.  La indefinición del filme venía muchísimo menos por una presunta identidad con emblemas posmodernos o por el deseo, ex profeso, de parecerlo, tanto como porque el creador de Ecos en realidad nunca tuvo bien en claro que se traía entre manos.

viernes, 17 de julio de 2015

La ciudad



Ya Chaplin dejaba sentado que entre las funciones de la pantalla no figura justamente la de aburrir al espectador, y la en tal premisa contraria al axioma, El viajero inmóvil (2008), de Tomás Piard, no solo desestimaba el aserto a rajatabla, sino que se erigía en compendio increíble de todo lo que un realizador no debe hacer al plantearse una puesta en escena, por muy a ultranza “indefinida” que añorase ser.  La indefinición del filme venía muchísimo menos por una presunta identidad con emblemas posmodernos o por el deseo, ex profeso, de parecerlo, sino porque el creador de Ecos en realidad nunca tuvo bien en claro que se traía entre manos. Lo más doloroso es que la excusa para este desmadre vendría a fundarse casi por irónico conducto de redargución justificativa-en tanto homenaje a la gran deidad de nuestro panteón creativo se suponía fuese-, en el mismísimo sino deconstructor de la poética de José Lezama Lima, en su manera de esquirlar los tópicos y lugares comunes del espacio literario insular, en su presunto hermetismo, su visión oblicua y sensorial,  y ese teatro en tercera dimensión de asociaciones, interconexiones, sueños y pesadillas que era su mente. Empero, la asunción de dichas cualidades humanas y no otras operan en el filme como sinécdoque arbitraria que toma esas, entre las disímiles luces identitarias del autor, como parte totalizadora del todo suyo que de veras cree estampar, aunque cuando el Lezama completo de carne y hueso, aquel monstruo de la escritura asmático, gordo, homosexual, mecenas, aperturista, sensible, tierno, ríspido, ermitaño…fue mucho más que eso.
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