Antes de los invencibles escritores rusos, por años, entre mis
predilecciones literarias figuraron Las mil y una noches; el Decamerón o el
Apólogo de la
Fantasía. Mientras, al paso de la infancia, leía los tres
últimos (verdaderos relatos-ofrendas al arte de contar; historias-tributos al
poder demiúrgico del narrador), veía cine a mares, con mucha preferencia,
entonces, por las comedias italianas de los ´60, donde por primera vez nos
llegaría la evocación visual de esa conformación biológica inigualable que es
el cuerpo de una mujer, mediante aquellos torsos reales de la Cardinale, la Loren o la Schiaffino. De
dicha cinematografía, más tarde, disfrutaríamos los acercamientos que al mundo
bocacciano estamparan grandes maestros, alguno de estos en los -a la sazón allí
tan populares- filmes de “sketches” o cuentos.
