miércoles, 8 de octubre de 2014

Voraz, de Antonia Bird: Canibalismo intramontano


Voraz (Ravenous) basa su trama en sucesos verídicos acaecidos en Norteamérica corriendo el siglo anterior: hechos de canibalismo forzado que tuvieron lugar en 1846, en medio de la expansión de colonos hacia territorios del oeste, cuando una de estas caravanas quedó atrapada en el salvaje invierno de la Sierra Nevada, y los sobrevivientes no tuvieron más remedio que comerse a sus compañeros de viaje. Lo que no confirma la historia es si los mataron para comérselos, o si se los comieron ya muertos por enfermedad u otra razón.

El cine, lógicamente, se inclinó por la primera posibilidad y salió esta película para la que se necesita tener un estómago fantástico de trabajador de matadero, de tan acerba su galería visual de monstruosidades sangrientas insertas dentro de la estética de mercurocromo del más rampante cine gore. Sin embargo, aunque no sea precisamente la película-emparedado que nos zampemos previa cena, tampoco es como para espantar.  Voraz, de la señora Antonia Bird, deviene en uno de los suspensos de mayor calibre salido de las factorías estadounidenses en el penúltimo año del siglo XX. La línea tensional del filme asemeja la cuerda que en el circo tienden al equilibrista: tensa a reventar. Aquí no hay zonas muertas, desbalances tensionales en las diferentes fases del filme; sí en cambio, un puntilloso cuidado para un equilibrio perfecto de clímaxs y anticlímaxs y un funcionable acomodo argumental al elemento fantástico del mito indio del espíritu maligno del weendigo, que incorpora a cada hecho violento el sabor nunca despreciable de lo sobrenatural. 
En Voraz, el capitán John Boyd (Guy Pearce) es enviado de castigo a un fuerte en las montañas nevadas de California en medio de un duro invierno. El hombre tiene serios problemas con la sangre, la cual le causa el efecto contrario que a los vampiros. Para su desgracia, allí llega Colqhoun (Robert Carlyle), un coronel escocés que se comió a toda su tropa dentro de una cueva que les servía de refugio ante un clima insolente. El tipo está completa, taradamente enamorado de su nuevo método de subsistencia, y compromete a los poquísimos habitantes del fuerte en su propensión a la homoalimentación. Entre Boyd y Colqhoun sucederán cosas muy interesantes.
Voraz tiene varios planos de lectura: la fuerza antropofágica del ente espiritual -y claro está, que físico, pero es el que menos cuenta-  humano en condiciones extranormales y la incidencia de estas últimas en el moldeado a nuevas formas del barro del alma. Una película que a muchos puede no gustar, pues como aquel chip prodigioso que se perdía en el cuerpo humano de la cinta de los ´80, ésta navega por la poción oscura que se derramó, ya desde lo genésico, en nuestro ácido desoxirribonucleico.

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