domingo, 7 de noviembre de 2021

Un personaje que anticipó el futuro de la teleficción

 


Los Soprano
(al aire en la televisión cubana) marcó un antes y un después en la configuración caracterológica de los habitantes de la teleserie sajona; visto ello desde una perspectiva axiológica, lo aseverado cobra fundamento, sobre todo, en los nuevos mecanismos de concepción-representación-identidady perfil volitivo del personaje central: este jefe de la mafia de Nueva Jersey que desanda el trayecto entre su mansión suburbial y Nueva York al calor de Woke Up This Morning, de Alabama 3, sufre de estrés y requiere de regular servicio médico especializado.

 

Al despuntar, para 1999, la primera temporada, de seis, de la obra audiovisual creada por David Chase, el narratario titubeaba -imposible no hacerlo ante la disposición condicionada de un imaginario-, ante el nuevo tipo de gángster emergido de la propuesta catódica de HBO. Tony Soprano difería, en tonos e instancias de expresión, de los personajes claves presentes en grandes edificios iconográficos del género levantados por Howard Hawks/William A. Wellman en los años 30 del pasado siglo, y durante los 70/80/90 de la propia centuria por Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y, también, Brian de Palma

 

El protagonista del material telefictivo estadounidense de marras no remitía, en ningún caso, a algunos de los rasgos fundamentales de los reyes fílmicos de aquel codificado universo genérico: ni sabiduría ni templanza ni frío cálculo intelectual orlaban la coraza emotivo-conductual del nuevo hombre del crimen, cuya inmensa anatomía asumía el no menos grande y ya desaparecido James Gandolfini. Que no en balde lo incorporaría, en tanto representa resorte perfecto en el sentido de transmitir la fisicidad, la corporalidad de seres que parecen caminar sobre vidrio molido a pasos cercanos del espectador, al margen de la distancia física o moral que los separe. Tony Soprano, como otros de sus colegas del hampa en la serie, se abre camino a bandazos dentro de la selva del crimen, la cual queda contextualizada en el espacio por excelencia de la calle pero también en el meridiano íntimo del foco interior, para retornar siempre a un punto de partida, porque no existe evolución en su decurso. La propia naturaleza aviesa de su tarea lo degrada en su miseria existencial, anulando el avance.

 

A Tony lo separa de los arquetipos magnos del género gangsteril, asimismo, su humanidad, que la posee pese a ser un asesino, como la forma en que la realidad, o su sensación, queda insertada en el relato de su vida. Lejos de la idealización sedimentada por la narrativa clásica de seres bigger than life, ajenos a las urgencias cotidianas de precisar acudir a un doctor o entristecerse por la partida de un animal, el patriarca de la familia Soprano precisa acudir a terapia psiquiátrica, resulta presa de ataques de pánico, puede descender a socavones espirituales ante el suceso natural más común, para -en primera instancia- exponer mediante su derrumbes, implosiones y explosiones, la fragilidad ínsita a la especie. Con Tony/Gandolfini, por consecuencia, el espectador experimenta una corriente de proximidad, de estar visualizando a un tipo más común y lejano de los prototipos más hieráticos instaurados por Brando, Pacino o De Niro. Sin que carezca tampoco, por supuesto, de los rasgos hereditarios malévolos inherentes a los de esa calaña.

 

El personaje de Tony Soprano, poderoso, integral, completo, complejo cual no se había advertido en el medio antes, gatilla el pistoletazo de salida de toda esa galería de seres orbiculares, de anverso y reverso, que distinguieron el escenario catódico durante la denominada edad de oro de la televisión. En HBO primero y luego en varias cadenas, de cable principalmente, aunque también abiertas. La serie, además, propiciaría la posibilidad de existir (al quitarle el miedo a los estudios televisivos ante tal clase de piezas) a verdaderos grandes textos audiovisuales posteriores, esos que frecuentaron la pequeña pantalla por más de quince años y sin embargo hoy parecen no hallar sucesores, en momentos cuando tantos trabajos flotan en el limbo de la pereza o la auto fagocitación inmisericorde.

 

Quisiera fuesen mías, por compartirlas de a pleno, las palabras del colega español Antonio Trashorras cuando dilucida el origen de la riqueza del personaje central de Los Soprano: “Y es que el abrumador sustrato humano que David Chase, máximo responsable creativo de esta serie, ha sido capaz de conseguir a la hora de diseñar, en toda su dimensión arquetípica, un personaje tan rico como Tony Soprano tal vez solo encuentre explicación a la luz de dos circunstancias fundamentales: 1) La libertad de que han gozado los guionistas para dar rienda suelta a una total falta de prejuicios, autocensuras o tabúes en la tarea de ordenar las muy heterogéneas piezas que componen el puzzle vital de su protagonista, a quien se trata siempre con el mismo respeto, ya sea en sus momentos más abyectos (en lo moral o criminal) como en aquellos otros, a veces cotidianos, a veces excepcionales, en los cuales se comporta de una manera pasmosamente digna, noble e incluso abnegada.2) La enorme ventaja que para el notable talento fabulador de (y aglutinado por) Chase ha supuesto el poder disponer de horas y horas de pantalla destinadas a desarrollar relaciones entre personajes de una manera coherente y tejer tramas sin verse obligado a forzar los giros argumentales bajo unas restricciones temporales tan limitadores como las que suelen imponer los largometrajes comerciales al uso”.

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