domingo, 11 de junio de 2023

Las telenovelas porno blando burguesas de Netflix


Principal industria mundial del streaming hoy día, la transnacional norteamericana Netflix constituye el ejemplo más fehaciente de la actualidad en materia de fagocitación y reformulación pragmática de tendencias regionales o nacionales, de las cuales sus directivos toman nota y sopesan, para redefinirlas en interés de las agendas globales promovidas por la mastodóntica gestión de contenidos propios o coproducidos del gigante audiovisual.

 

Como Netflix tiene bien en cuenta las audiencias históricas de las telenovelas en América Latina, también comenzó a producirlas. Solo les cambia el nombre del formato –o sea, las vende como series, si bien no lo son– y les revienta el presupuesto –muchísimo más holgado que lo habitual para el género–; además de aggionarlas merced al relieve que todos sus títulos le conceden a las nuevas tecnologías, hibridarlas con los viejos thrillers eróticos de medianoche y en consecuencia imprimirles una presencia de sexo/violencia mucho más notoria que en los folletines lacrimosos del área, coartados en parte de ello al ser emitidos por cadenas abiertas en hora punta.

 

Luego, al pasarlas por el filtro del algoritmo de la N roja, las impersonaliza para, al destinarlas a un receptor global, convertirlas en productos sin alma e identidad, peores incluso que las telenovelas originales, que al menos algo de eso poseen.

 

Ambienta dichos productos, sin excepción, en fastuosas mansiones burguesas, protagonizados sin falta por cuerpos curados en gimnasio, o mediante transformación física digital, a quienes la cámara observará de la forma más lúbrica y exhibicionista posible. Quienes componen a los personajes femeninos de tales nuevos zoos de cristal, por regla, lucen traseros, senos y labios resultados de la cirugía plástica, no de la genética.

 

En estas telenovelas porno blando burguesas latinoamericanas de Netflix el sexo es puerilmente gratuito y la glorificación del hedonismo raya cotas vergonzosas, sobre todo al apreciar dicha expresa intención, tan vacua, en medio de un mundo dominado por demasiadas urgencias que ninguna relación guardan con tales espacios de lujo o burbujas donde solo cobra interés la cama, el poder y la maldad.

 

La tendencia (valga consignarlo, ha proporcionado pingües dividendos a Netflix y cuenta con el poderoso respaldo mediático internacional que la cadena puede darse el lujo de sufragar, por lo cual en la red sobran las encendidas defensas de estos materiales) iniciaría en 2020 a través de Oscuro deseo y alcanza la actualidad, por conducto de la recién estrenada Perfil falso (2023).

 

En el camino entre ambas figuraron ¿Quién mató a Sara?, La venganza de las Juanas y Pálpito, la menos indecorosa de todas al explotar la arista postalera de anatomías que, en determinadas escenas de las dos primeras, supera lo risible, en tanto son construidas al servicio de la exhibición de los cuerpos y no de los relatos. Semejante trampa dramática solo puede dar como resultado trabajos contrahechos, sin lógica ni unicidad argumental, los cuales priorizan el deslumbramiento sensorial y el compartimiento de la impronta epicúrea de los personajes con un espectador obnubilado en pleno territorio de la evasión más burda.

 

Son las cinco referidas deprimentes naderías interesadas en desviar la atención de la anorexia de su trama, mediante el recorrido visual constante de cuerpos imposibles de modelos, a la manera del actor y deportista venezolano-colombiano Rodolfo Salas, cofundador de CoreMotif, un gimnasio y centro de fitness, cuyos pectorales, abdomen y nalgas son objetivo voraz de la fotografía de Perfil falso. Réplica exacta de cuanto ocurría con Eugenio Siller en ¿Quién mató a Sara? Enamoramientos homoeróticos de la cámara que no llegan tanto a perturbar (a la larga todo es cosmético, ni afecta a nadie a estas alturas), como sí a molestar por el tropiezo que significan en historias ya difíciles de seguir, por la sobrecarga de idiotez, empantanadas más en su decurso de tal modo. Historias que en mi caso me autoimpongo ver porque el oficio lo exige, en tanto a la larga de cuanto hablamos aquí es de una tendencia artística, por banal que parezca o sea.

 

Como no podía ocurrir de otra forma en la oportunista Netflix, semejantes títulos también se afilian, con fervores inusitados, a los tiempos de “inclusión” y  de congraciarse falsamente con el universo LGTB, por la vía del apuntalamiento forzado e innecesario a efectos narrativos de personajes/tramas gays. Así, el asunto cobra ribetes ridículos en ¿Quién mató a Sara?, pero supera todo precedente en Perfil falso, transmutada por ratos en una ordalía frenética de homosexuales hombres a quienes, una y otra vez, la historia los rastrea en sus encuentros de impostadas poses tórridas, tríos y todo cuanto venga a la imaginación. Lejos de reivindicar a la comunidad gay, cuanto hacen tales materiales es conducir a la idea de que la componen personas primarias, fósforos a puntos de encender las 24 horas del día bajo el dominio total del deseo, sin fidelidad ni valores.

 

Tamaña es la falsía de Netflix en sus nuevos culebrones, filmados, en su mayor parte, junto a sellos de México y Colombia, madres del género. Telenovelas de la N global vendidas como series, que no pueden disimular su configuración genérica regida por la cursilería, el melodrama ramplón, los gritos, el llanto, la exacerbación de las emociones, las sobreactuaciones, los giros mal explicados, las mismas historias de toda la vida de amantes que no pueden serlo porque son hermanos…, en fin, eso que no ha sido capaz de superar parte del espectador regional, también mundial, y de lo cual Netflix se aprovecha para facturar. “Da igual si hacemos series o telenovelas, los que importan son los ingresos”, dirán sus directores ejecutivos en Los Gatos, California.

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