Orlando
Rojas, el progenitor de Papeles secundarios, una de las criaturas fílmicas más visualmente
rotundas y artísticamente atrevidas (también de las más gélidas) de la historia
del cine cubano, se sacó de la manga una comedia gótica, rebelde,
vitriólica, transustanciada, dicótoma y tan andrógina como varios de sus
personajes en Las noches de Constantinopla (Cuba-España, 2001, asida esta a una
inmoldeable argamasa dramática sustantivada en vibrante y posmoderno tejido
intertextual, en concreta conciliación de comedia y melodrama, academia y
novedad dentro de un filme que si bien no deja de moverse en un patrón
estructural clásico, no resultaría fácil de etiquetar en el panorama insular.
