Justo un cuarto de siglo después de Taxi Driver, Martin Scorsese y Paul Schrader profirieron, Vidas al límite mediante, otra admonición
a las heces deyectadas por un orden social en uno de sus blasones de poder -la
ciudad-, tras el parapeto ocular de un nuevo vigía nocturno. Él, a diferencia del Travis Brickle de
aquella película de los setenta, monta en ambulancia y no es asediado por
intereses criminales, sino por otras obsesiones psíquicas, aunque también
relacionadas con la muerte. Ambas obras son dos intensos, crudos viajes
interiores a las alucinaciones de la mente de un hombre, a la sordidez de un
marco espacial en las scorsesianas malas calles de la noche neoyorkina devorada
por la triste suerte de ser madre y asesina de su fauna.
