Años antes que Walt Disney convocase a Blanca
Nieves y los siete enanitos para su primer largometraje homónimo de 1937, la
pantalla ya adaptaba -y desde entonces lo ha estado haciendo sin parar-, los
cuentos de hadas o fábulas morales infantiles tradicionales. Por regla, pautada
su hechura a las normativas formales e ideológicas (las conocidas recetas
moralistas) delineadas en estas letras clásicas de Perrault, los hermanos
Grimm, Andersen… Sin embargo, no es mucho el cine fabricado que echase ojo al
horror interno y la carga sígnica (las veladas pero constantes remisiones
eróticas, verbigracia) de tales narraciones, si excluimos escasas producciones;
entre ellas alguna hollywoodense, tres o cuatro europeas y la reciente versión
coreana en clave de terror de Hansel y Gretel (Pil-Sung Yim, 2007).
