“Esta vez el viejo De Broca, un
señor que siempre supo acompañar a sus protagonistas masculinos de beldades del
sexo opuesto (recuerden al feo Belmondo con el monstruo Cardinale, en
Cartouche), ha traído para prendar nuestra retina y perdonar cualquier
imperfección de la película a Marie Gillain, una joven actriz dotada en buena
ley de todas las herramientas de la profesión, que para fortuna suya posee el
aura de las bellezas clásicas, junto a un candor extrañamente salpicado de ese
desborde de gracia que hizo estallar las capacidades sensoriales de todo el
espectador perteneciente al sexo del que escribe que asistió a la exhibición de
la película. Ella da vida a la señorita
de Nevers, a quien Lagardere cuida desde
bebita y después hace su esposa, lo que comprendemos dentro de la tradición
histórico-literaria, pero que bien pudieron ahorrarse en su libre adaptación De
Broca y los guionistas Jean Cosmos y Jeróme Tonnerre, pues terminamos su
deliciosa película con un sabor a incesto en la boca que no quisiéramos”.
Mediante tales palabras este crítico finalizaba, hace dieciséis años, su reseña
de Enrique de Lagardere (Philippe de Broca, 1997).
