Si la
humana fuese una civilización de pensamiento avanzado, no sería tan alto el
precio a pagar por el costo de la diferencia. Animales en pleno proceso
evolutivo, con ancestrales rezagos adheridos a la costra de un caparazón
salvaje, todavía casi ninguno de nosotros está en realidad preparado, más allá
de las poses de lo “políticamente correcto”, para comprender la amarga
circunstancia del otro, cuando aquel se encuentra en posición de una
desigualdad que pese a convertirse en crucial y definitoria para sí, solo será
tal prefigurada desde la perspectiva gregaria de los patrones normativos
dominantes: y es lo que más duele, cuanto más perjudica a la larga.
