Todo comenzó en
el podólogo. La productora Carla Santos Shamberg se enteró allí de la historia
real de Erin Brokovich, justo con ella, quien era entonces o lo sigue siendo
-¿a quien diablos le importa¿-, su compañera de cortarse los callos. La
historia de esta simple mujer de pueblo que vence en los tribunales a un
emporio corporativo cuya cantidad de millones no cabían en la casa de toda su
familia junta, le pareció potencialmente lucrativa a la señorita Santos. Después
de todo, si era buena espectadora de cine americano, sabía que el mismo relato,
con ligeras diferencias, casi siempre había engatusado a los locales, quienes
por su idiosincrasia, modo de ver el mundo y toda la porquería que le enlatan
en la cabeza desde que nacen aprecian en estos "solos contra el
mundo" a suertes de John Wayne callejeros que consiguen lo que quieren: no
ya a base de pistolas, sino mediante los cañones de la perseverancia y un
espíritu indoblegable. El bueno de Steven Soderbergh tomó el guión en sus manos
y compuso la que considero una de las menos malas películas de tema análogo que
se hayan hecho, aunque muy lejos de The
rainmaker, de Coppola; y sin el peso suficiente como para que los
demasiadas veces irracionales académicos cometieran la pifia siniestra de
nominar a su director por doblete, justo en el año de la excelente Traffic.
