Quizá quince años atrás una película como Abraham Lincoln, cazador de
vampiros hubiese sonado hiper extravagante y hasta herética, pero ya en un
Hollywood donde antes dieron pabilo a esos colosales mejunjes fílmicos que
operaron de manera increíble con la fórmula del aceite y el agua como fueron
Wild Wild West y Cowboys contra Aliens, en verdad ya ni epata ni mucho menos
intranquiliza.
En todo caso, se visiona esta nueva rebatiña de incongruencias con la
mirada sardónica de quien atestigua cómo bajo el sombrero de la postmodernidad
cinematográfica salen conejos con el genoma modificado, cuya carne apócrifa
nada le aporta a la magia del séptimo arte.
