La obra de Kim Ki-duk, uno de los más conspicuos y legítimos representante del nuevo cine surcoreano -mal que le pese a quienes ya abjuraron de sí o a los críticos franceses, tan dados a descubrir autorías pero huraños increíblemente ante su obra-, abre brechas de insospechadas cuan luminosas aperturas hacia un universo de significados que apunta, en primer caso, a la extraordinaria complejidad de las relaciones humanas en la frialdad del mundo moderno.
Sus filmes angustian y apasionan, abruman de incógnitas y desbaratan falsas intuiciones, a través de relatos generadores a dos manos del estupor y la desazón que se agazapan en las capas de sentido de una poética salvajemente lírica y signada por la desconcertante ambigüedad que supone el establecimiento de una portentosa potencialidad dialogística por intermedio de historias donde prima el laconismo casi extremo de sus personajes.
