En Los tipos duros no
bailan, pésima adaptación fílmica de sí mismo hecha por Norman Mailer en
1987 con Ryan O´Neall e Isabella Rosellini, hay una escena de intercambio de
parejas, donde desde la habitación contigua un personaje escucha los gemidos de
placer de su compromiso en los brazos del otro. Aquellos jadeos me recordaron
siempre los de la secuencia final de El joven Frankestein, la parodia realizada
por Mel Brooks en 1974, elocuentes en torno a la potencia sexual del
“monstruazo” creado por el gran comediante.
Más de veinte años después
de la incursión fílmica del narrador Mailer, para julio de 2009 la compañía
holandesa Little Sins (Pequeños pecados, en cristiano) alquiló apartado hotel
de la campiña inglesa con el fin de celebrar una fiesta de swingers o
intercambios conyugales integrada por 350 personas VIP, tan cansadas ya de todo
lo bueno de la vida que necesitaban experimentar esa nueva sensación de
compartir fluidos colectivamente. La noticia causó su revuelillo en los
cotidianos londinenses, si bien forma parte de la rutina de muchos pueblos del
medio oeste y algunas ciudades de Estados Unidos, ese extraño planeta donde
mientras en un estado constituye delito la felación dentro del matrimonio en
otro se puede andar desnudo por la calle.
