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domingo, 10 de agosto de 2014

Boccaccerías habaneras y Meñique (crítica doble)


Antes del arribo en masa de los invencibles escritores rusos, por años, entre mis muchas predilecciones literarias iniciales figuraron Las mil y una noches y el Decamerón. Mientras, al paso de la infancia, leía los dos últimos (verdaderos relatos-ofrendas al arte de contar; historias-tributos al poder demiúrgico del narrador), veía cine a mares, con mucha preferencia, entonces, por las comedias italianas de los ´60, donde por primera vez nos llegaría la evocación visual de esa conformación biológica inigualable que es el cuerpo de una mujer, mediante aquellos torsos reales de la Cardinale, la Loren o la Schiaffino. De dicha cinematografía, más tarde, disfrutaríamos los acercamientos que al mundo boccacciano estamparan grandes maestros, a la manera de Pier Paolo Pasolini (El Decamerón, 1971) o, con precedencia, Vittorio de Sica, Federico Fellini, Mario Monicelli y Luchino Visconti (Boccaccio ´70, 1962), dentro del formato de los -a la sazón allí tan populares- filmes de “sketches” o cuentos.

domingo, 20 de julio de 2014

Meñique y el necesario triunfo del Bien


Semanas atrás este comentarista publicaba una columna alrededor de la significación basal de que los proyectos audiovisuales cubanos acudiesen con mayor asiduidad y fortuna a ese inmarcesible venero de la historia y la creación artística que es nuestro país. Meñique (1864), en propiedad, es de la autoría del francés Edouard Laboulaye, mas quien lo dio a conocer a decenas de generaciones de compatriotas fue ese notable hijo de esta patria llamado José Martí. Y el relato aporta cuanto nos viene haciendo mucha -demasiada- falta a las actuales hornadas de criollos: virtudes; certezas; orgullo de ser lo que somos; fe en la entereza, la constancia y el saber como fuentes de triunfo, justo lo contrario de cuanto ha sucedido en algunos escenarios locales luego del tsunami involutivo del período especial, cuando escalaron el pícaro y el trepador de la peor laya sobre las enredaderas para ellos verdísimas de las circunstancias. Lo grave, con un grado de influencia social de veras nefasto.
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