Pocos
escritores en la historia de la literatura han auscultado con tanto tino la
salud social de una época, como lo hiciera Honorato de Balzac. Ineludible pie
de apoyo para estudiar la
Francia burguesa de la primera mitad del siglo XIX, este
hombre supo insertar de forma maestra en su obra todo el proceso de
instauración capitalista nacional: la introducción del papel moneda, la
especulación y el desarrollo paulatino de la industria. Ello, como marco
espacial donde pondría a germinar esa variopinta amalgama humana, eje vertebral
de una dinámica social cuyos protagonistas el narrador diseccionara en esa
suerte de bestiario de tipos creado por su pluma.
