Que
una historia fílmica tome como centro a su presidente, envolviéndolo en un
flirt con una bella muchacha, es algo que necesariamente debía gustar a los
norteamericanos, al menos antes de la era en que el travieso Clinton puso de
rodillas frente a su buró a la gordita Mónica para que hiciera la tarea. Un
director imprescindible en el modelaje de la comedia americana de los
noventas como Rob Reiner hace uso de un
tema-filón apetecible por sus semejantes, dada su idiosincracia y gustos
condicionados por los medios de prensa, en la película superéxito de taquillas El
presidente (The american president, 1995) y oportunista, meliflua y
sonsacadoramente da cuerpo a un cuento de hadas en las cumbres del poder: paradigmático de ese tipo de cine bonito, romántico, calmo, fabricado en
Norteamérica, contrapartida en las taquillas de ese otro tremebundo y ruidoso.
