Un tardío revisionismo pro ha ubicado a El
muerto, aquel herético western en blanco y negro de 1995, como una de las
cintas más significativas de la anterior década, cosa que particularmente nunca
tuve en duda, como tampoco pongo en entredicho que su creador, Jim Jarmush,
deje de verdear la grana de la excelencia con Perro fantasma, el
camino del samurai (Ghost Dog: The way of samurai). Desde que
leí esa inefable novela de E.L Doctorow llamada Ragtime, no encontraba
en la perspectiva norteamericana un proyecto artístico sincopado con tan
inconmensurable imbricación de ritmos, discursos, visiones y planteamientos
filosóficos tan en apariencias excluyentes como armónicos resultan en la
estructura interna de la obra dentro de ese concierto de acoples y fusiones. De
suerte que este “western oriental sobre un gángster samurai en la era del
hip-hop”, tal cual lo definió su realizador, lleva al alimón en plácida
simbiosis apuestas creacionales signadas en presunción por sus divergencias contextuales,
culturales, geográficas y de otra índole, en un mosaico de interacciones de
cuya confluencia emerge la irrebatible certeza telúrica de que las distintas
cosmovisiones humanas y artísticas portan el sesgo genésico de las comuniones.
