Días antes de suscribir este
texto, quien escribe casi reencarna en Juanchín, el atribulado personaje
central de La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), al tramitar
la, a la larga nunca conseguida, certificación de nacimiento de una persona
fallecida durante los inicios del siglo XX. Poco le faltó para estrangular tras
otro panteón, de documentos esta vez, a uno de los agentes peloteantes del
Registro Civil. Sucede a escala micro y a niveles macro. A inicios de 2010, el
diario Granma publicaba -en portada- extenso titular donde se aseguraba que la
burocracia impedía un mejor desenvolvimiento de la venta de carne de cerdo en La Habana. Otras líneas
de similar cariz, kafkianas, surrealistas, tragicómicas, pletóricas de humor
negro, como los avatares de la sufrida figura protagónica del filme, pueden
apreciarse un día sí y otro también en la prensa cotidiana. Las odiseas
particulares de seres anónimos -pero conformantes en masa del corpus social- en
institutos de la Vivienda,
consultorías y otras dependencias estatales evocan el calvario de aquel sobrino
interpretado por Salvador Wood, quien solo quería enterrar a su tío Paco, pero
ello le costó la cordura en el camino. De modo que, 48 años después, la
película (especialmente recordada a propósito del aniversario 55 del ICAIC)
sigue ahí, viva su alerta, vigente su análisis, diáfana e imperdible su
auscultación al fenómeno que, pese a no ser exclusivamente endógeno, sí prendió
fuerza tal en estas tierras de América que al día de hoy aun no se le encuentra
pasaporte de destierro.
martes, 25 de marzo de 2014
La muerte de un burócrata: una comedia excepcional, la burocracia y el marabú
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lunes, 24 de marzo de 2014
Una familia peligrosa (Malavita): a los leones
Robert De Niro constituía, hasta hace menos de un cuarto de siglo, uno
de los santos patrones del altar interpretativo en el universo audiovisual
anglosajón. Eran entonces sus tiempos gloriosos con Martín Scorsese y la salida
al ruedo de una serie de caracterizaciones tan inmarchitables como las
películas que arropaban a aquellos personajes fabulosos. Justamente, uno de
esas magnas tipologías fílmicas resultó la compuesta por el actor, a las
órdenes del referido realizador, en Uno de los nuestros, excepcional exponente
del cine gangsteril aparecido en 1990.
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viernes, 21 de marzo de 2014
Barrio Cuba, desgarradora pieza de Solás, de reestreno por aniversario del ICAIC
Ver otra vez la, a propósito del aniversario del ICAIC, reestrenada Barrio Cuba resulta una aplastante (y a la vez fecunda
y necesaria) experiencia vital. Es una película hecha desde el dolor para
comprenderse en el dolor, que te crispa, te revuelve el estómago, masacra tu
día y hasta puede crear un posible complejo de culpa a quien no haya escalado
su Gólgota individual, a quien no arrastre o arrostre su cuita compañera. Pero,
alquimias del cine, al suministrar un ineludible componente purificador
añadido, te limpia la mente y desbroza las sendas, te aparta -al menos de
momento-, de la sordidez aledaña y personal. Y asegura a su destinatario, a
diferencia de otros filmes nuestros en frecuencias tonales colindantes con lo
elegíaco o el réquiem, que siempre (o casi para ser exactos) hay una salida,
una claraboya de aire y luz en medio de la habitación más oscuramente
desoxigenada.
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Rafael Lahera
miércoles, 19 de marzo de 2014
Rush: dos rivales, una sola pista
Cineasta hábil ajustado, siempre, al cimbreo del estado mayor del cine
comercial norteamericano, Ron Howard es un director que ha sabido moverse, no
sin diligencia y oficio narrativo -si bien nunca signó hasta hoy una obra
redonda, capaz de catapultarse a la posteridad- en diferentes géneros, desde
las fechas primigenias de Cocoon, Willow y Llamaradas hasta las cercanas de
Frost contra Nixon, la cual es, a juicio común de la crítica sajona, su máximo
opus; no obstante preferir el signante su bastante cuestionada Cinderella Man.
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