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viernes, 27 de junio de 2014

420 segundos definen relaciones imposibles


Género patidifuso que respondió en alguna medida a las líneas trazadas por el cartabón sociopolítico peninsular, la comedia cinematográfica española, a través de sus distintas expresiones artístico/históricas (la españolada blanca franquista y sus esperpentos finicaudillistas, la de maestros como Berlanga, la del destape/movida, la ochentera, la del país del euro, la trash y la post 11-M con los años del paro y el quiebre del contrato social, donde germina la replicante del modelo televisivo) por regla dependió más que de movimientos o tendencias creativas grupales, de talentos o artesanos individuales que en franjas próximas desde Trueba y Colomo, pasando por Gómez Pereira y Martínez-Lázaro u otros pocos, hasta varios bien nuevos entre los cuales forma fila Daniela Féjerman se encargaron de impulsarla con menor o mayor suerte. La Féjerman, con experiencia previa en guiones para cine y televisión, así como en la codirección de par de filmes (A mi madre le gustan las mujeres; Semen, una historia de amor), se lanza a su primera realización en solitario a través de 7 minutos (2009), el cual escribió a cuatro manos con la ex ministra de Cultura hispana, Ángeles González-Sinde.

martes, 25 de marzo de 2014

La muerte de un burócrata: una comedia excepcional, la burocracia y el marabú


Días antes de suscribir este texto, quien escribe casi reencarna en Juanchín, el atribulado personaje central de La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), al tramitar la, a la larga nunca conseguida, certificación de nacimiento de una persona fallecida durante los inicios del siglo XX. Poco le faltó para estrangular tras otro panteón, de documentos esta vez, a uno de los agentes peloteantes del Registro Civil. Sucede a escala micro y a niveles macro. A inicios de 2010, el diario Granma publicaba -en portada- extenso titular donde se aseguraba que la burocracia impedía un mejor desenvolvimiento de la venta de carne de cerdo en La Habana. Otras líneas de similar cariz, kafkianas, surrealistas, tragicómicas, pletóricas de humor negro, como los avatares de la sufrida figura protagónica del filme, pueden apreciarse un día sí y otro también en la prensa cotidiana. Las odiseas particulares de seres anónimos -pero conformantes en masa del corpus social- en institutos de la Vivienda, consultorías y otras dependencias estatales evocan el calvario de aquel sobrino interpretado por Salvador Wood, quien solo quería enterrar a su tío Paco, pero ello le costó la cordura en el camino. De modo que, 48 años después, la película (especialmente recordada a propósito del aniversario 55 del ICAIC) sigue ahí, viva su alerta, vigente su análisis, diáfana e imperdible su auscultación al fenómeno que, pese a no ser exclusivamente endógeno, sí prendió fuerza tal en estas tierras de América que al día de hoy aun no se le encuentra pasaporte de destierro.
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