El club de la pelea (Fight Club) golpea con saña en
las heridas de una generación que ha llegado al colmo del aburrimiento y del
desinterés hacia un estado de cosas inamovible, hacia un universo regido por
fiebres consumistas producidas por la anorexia que sufre la mente humana ante
un diseño, manipulado casi maquinalmente, de modos de vida. Tyler Durden, el
antihéroe protagonista del filme (encarnado por un Brad Pitt metido en el mejor
personaje de su trayectoria hasta aquí), es por asociación un componente
portador del espíritu misfit salido de la garganta de la contracultura americana.
Resulta un botón de muestra de hordas generacionales de desadaptados sociales
que viene a ser una prolongación del
aliento maverick ya apreciado en aquellas primigenias películas de
cuerienchaquetados de los años cincuenta y luego reafirmaban en su viaje
sicodélico por las carreteras de la Unión Dennis Hopper y Peter Fonda en la
antonomásica de los ´60, Easy Rider.
