Once upon a time bogaba mejor un género
fílmico mediante el cual el firmante, como buena parte de todos quienes
mostrarán interés por este artículo, comenzamos a acercarnos, y luego amar, al
Cine: el de Aventuras. Cualquier similitud a lo ocurrido al trabar contacto con
la Literatura….
No importa su condición de “menor”, olvidémonos de su invisibilidad para las
antologías, de las ojerizas de tan encumbrados como -en sus gustos- monolíticos
críticos. Entre arcos, flechas, capas, espadas, arcabuces, abordajes y cacerías
aclararon al alba de nuestra memoria estético/sentimental historias pregnantes
de emoción y carnadura humana, cuyo sentido inmanente de la acción no las
eximían de plantear su estructura sobre una base lógica de coherencia narrativa
o de incorporar a sus escenas y justificados encuadres más de dos planos largos
que permitieran apreciar algo detrás de la nariz apolínea del héroe. Filmes
poseedores de magma dramático, en los cuales en ciertos casos se suplía a través
de chispa los altos al billete del productor. Donde todavía una batalla era una
batalla, no billones de píxeles, y resultaba apreciable la labor física real
del actor o el doble, pues predominaba el componente humano.