Expresión replicante -aunque
no más a medias y sometida a luenga proclividad exegética-, de una época
signada por la atracción hacia el exceso en sus implicaciones artísticas,
políticas, bélicas, criminales, mediáticas, publicitarias, patológicas, consumistas,
antiecológicas…; por el lipovetskyano “triunfo de las pantallas en la sociedad
hipermoderna”; la apocrificidad de las llamadas filosofías posideológicas; el
infinito trotar de caballos apocalípticos; nuevos juicios finales y premoniciones
de oscuros paisajes urbanos harto semejantes a los configurados en las epopeyas
distópicas más espeluznantes del fantastique,
la narrativa fílmica contemporánea de terror no ha sabido aprovechar del todo
tan inédito abono dramático. Y cuando lo ha hecho solo ha sido, salvo
excepciones, para tomar nota -no desde un posicionamiento hermeneútico, o
siquiera una postura discursivo-moral, sino desde una mera óptica oportunista
de tufo conservador de despacho hollywoodino- de los contornos escarlata triste
donde se enmarca el escenario actual de violencia extrema, mafias, disturbios
sociales, inseguridad, crimen creciente, laceraciones a las personas, sangre… Más decantado hacia el reciclaje, el patchwork, el pastiche de temas, asuntos,
conceptos, el terror posmoderno, por arriba de las consustanciales
reubicaciones epocales, no acusa rupturas frontales con la tradición, al fundir
su argamasa morfológica con los modelos cardinales
de representación o los tropos del género. Pero las nuevas películas regurgitan
harto mal a sus precedentes tanto en su ausencia de ambiciones, el nihilista
radio de antena de sus preocupaciones o la atroz falta de ideas, como en sus
acumulaciones indiscriminadas de referencias, su no dosificación de los golpes
de efecto, estética ultravideoclipesca, fárrago de planos cortos en espacio y
duración, abuso del código del ralenti, angulaciones extremas, tomas de picados y cenitales en clonación ad infinitum,
pirotecnia de videojuego, transiciones altisonantes, soundtracks presagiantes, flash
backs confusos de textura granulada -siempre a caballo entre lo granuloso y
el efecto voluta de humo atisbado en esas usuales imágenes de video con el
objeto de manifestar amenazas desde una perspectiva difusa-, y ausencia casi
total de caracterización de los personajes (las verdaderas estrellas de los
filmes son las torturas, trepanaciones, desmembraciones).
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lunes, 26 de mayo de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
Sigue corriendo, Garra de Jaguar (valoración crítica del cine de aventuras)
Once upon a time bogaba mejor un género fílmico mediante el cual el firmante, como buena parte de todos quienes mostrarán interés por este artículo, comenzamos a acercarnos, y luego amar, al Cine: el de Aventuras. Cualquier similitud a lo ocurrido al trabar contacto con la Literatura…. No importa su condición de “menor”, olvidémonos de su invisibilidad para las antologías, de las ojerizas de tan encumbrados como -en sus gustos- monolíticos críticos. Entre arcos, flechas, capas, espadas, arcabuces, abordajes y cacerías aclararon al alba de nuestra memoria estético/sentimental historias pregnantes de emoción y carnadura humana, cuyo sentido inmanente de la acción no las eximían de plantear su estructura sobre una base lógica de coherencia narrativa o de incorporar a sus escenas y justificados encuadres más de dos planos largos que permitieran apreciar algo detrás de la nariz apolínea del héroe. Filmes poseedores de magma dramático, en los cuales en ciertos casos se suplía a través de chispa los altos al billete del productor. Donde todavía una batalla era una batalla, no billones de píxeles, y resultaba apreciable la labor física real del actor o el doble, pues predominaba el componente humano.
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sábado, 15 de junio de 2013
No es Alien, es Prometeo
Hace 34 años Ridley Scott (South Shields, 1937) ofrendó al patrimonio
fílmico mundial la obra maestra del cine de ciencia-ficción de terror más
impresionante y aportadora de la historia del celuloide. Alien, el octavo
pasajero no tuvo comparación con nada conocido. Terror en el espacio (Mario
Baba, 1965) solo constituiría para el autor de Blade Runner quizá semilla
inspirativa y La cosa (John Carpenter, 1982), pese a su rango, contenía
inocultables rasgos hereditarios de esa pieza de marras portadora de una
alquimia dramatúrgica fraguada del enyunte entre un feraz pie imaginativo que
(re) dibujaba con nuevos cinceles en el espacio sideral el subgénero de “casa
encantada de donde nadie puede escapar al poder de una entidad malévola”, con
el aprovechamiento diegético de cada minuto del tiempo y de cada fragmento del
espacio físico para generar suspense, horror, amenaza, claustrofobia,
insospechados twits o giros de timón y cliffhangers o puntos climáticos
tensionales de antología.
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