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jueves, 12 de junio de 2014

Sam Raimi sabe arrastrar al infierno


Como Spielberg u otros de la camada, de niño Sam Raimi (1959) filmó en Super 8, desanduvo luego los pasos habituales hasta el 35 milímetros…,el éxito: la consabida cadena, aunque no necesariamente en tal orden, pues ya rodando en 16 se agenció los primeros aciertos en la pantalla; ahí está para refrendarlo algún capítulo de su trilogía Evil Dead, iniciada hacia 1981. A la manera del contador de historias evocado por Oscar Wilde en su célebre apólogo sobre la fantasía, a Sammy le agradaba referirle relatos nocturnos a sus compinches de mataperradas: “Me gustaba sentarme alrededor de una hoguera o en una habitación oscura y escuchar y narrar historias de miedo de mis amigos”. Al modo de Tarantino, se “tragó” los géneros (en su caso los ligados al fantaterror), en vino fílmico escanciado con remarcada fruición a lo largo de los años.

lunes, 26 de mayo de 2014

Ángeles y demonios del cine de terror contemporáneo


Expresión replicante -aunque no más a medias y sometida a luenga proclividad exegética-, de una época signada por la atracción hacia el exceso en sus implicaciones artísticas, políticas, bélicas, criminales, mediáticas, publicitarias, patológicas, consumistas, antiecológicas…; por el lipovetskyano “triunfo de las pantallas en la sociedad hipermoderna”; la apocrificidad de las llamadas filosofías posideológicas; el infinito trotar de caballos apocalípticos; nuevos juicios finales y premoniciones de oscuros paisajes urbanos harto semejantes a los configurados en las epopeyas distópicas más espeluznantes del fantastique, la narrativa fílmica contemporánea de terror no ha sabido aprovechar del todo tan inédito abono dramático. Y cuando lo ha hecho solo ha sido, salvo excepciones, para tomar nota -no desde un posicionamiento hermeneútico, o siquiera una postura discursivo-moral, sino desde una mera óptica oportunista de tufo conservador de despacho hollywoodino- de los contornos escarlata triste donde se enmarca el escenario actual de violencia extrema, mafias, disturbios sociales, inseguridad, crimen creciente, laceraciones a las personas, sangre…  Más decantado hacia el reciclaje, el patchwork, el pastiche de temas, asuntos, conceptos, el terror posmoderno, por arriba de las consustanciales reubicaciones epocales, no acusa rupturas frontales con la tradición, al fundir su argamasa morfológica con los  modelos cardinales de representación o los tropos del género. Pero las nuevas películas regurgitan harto mal a sus precedentes tanto en su ausencia de ambiciones, el nihilista radio de antena de sus preocupaciones o la atroz falta de ideas, como en sus acumulaciones indiscriminadas de referencias, su no dosificación de los golpes de efecto, estética ultravideoclipesca, fárrago de planos cortos en espacio y duración, abuso del código del ralenti, angulaciones extremas, tomas de  picados y cenitales en clonación ad infinitum, pirotecnia de videojuego, transiciones altisonantes, soundtracks presagiantes, flash backs confusos de textura granulada -siempre a caballo entre lo granuloso y el efecto voluta de humo atisbado en esas usuales imágenes de video con el objeto de manifestar amenazas desde una perspectiva difusa-, y ausencia casi total de caracterización de los personajes (las verdaderas estrellas de los filmes son las torturas, trepanaciones, desmembraciones).

domingo, 25 de agosto de 2013

La protohistoria de Oz


Cuando se dedicaba a criar aves de corral, fabricar fuegos artificiales o limpiar almacenes, quizá todavía el alemán Lyman Frank Baun ni imaginaba que en su posterior faceta de escritor iba a ser el firmante de una de las piezas literarias infantiles más leídas de la historia: El maravilloso mago de Oz, publicada en 1900, de la cual realizaría doce secuelas en menos de dos décadas y que también trasladase al universo teatral con éxito.
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