Como Spielberg u otros de la
camada, de niño Sam Raimi (1959) filmó en Super 8, desanduvo luego los pasos
habituales hasta el 35 milímetros…,el éxito: la consabida cadena, aunque no
necesariamente en tal orden, pues ya rodando en 16 se agenció los primeros aciertos
en la pantalla; ahí está para refrendarlo algún capítulo de su trilogía Evil
Dead, iniciada hacia 1981. A
la manera del contador de historias evocado por Oscar Wilde en su célebre apólogo
sobre la fantasía, a Sammy le agradaba referirle relatos nocturnos a sus
compinches de mataperradas: “Me gustaba sentarme alrededor de una hoguera o en
una habitación oscura y escuchar y narrar historias de miedo de mis amigos”. Al
modo de Tarantino, se “tragó” los géneros (en su caso los ligados al
fantaterror), en vino fílmico escanciado con remarcada fruición a lo largo de
los años.
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jueves, 12 de junio de 2014
lunes, 26 de mayo de 2014
Ángeles y demonios del cine de terror contemporáneo
Expresión replicante -aunque
no más a medias y sometida a luenga proclividad exegética-, de una época
signada por la atracción hacia el exceso en sus implicaciones artísticas,
políticas, bélicas, criminales, mediáticas, publicitarias, patológicas, consumistas,
antiecológicas…; por el lipovetskyano “triunfo de las pantallas en la sociedad
hipermoderna”; la apocrificidad de las llamadas filosofías posideológicas; el
infinito trotar de caballos apocalípticos; nuevos juicios finales y premoniciones
de oscuros paisajes urbanos harto semejantes a los configurados en las epopeyas
distópicas más espeluznantes del fantastique,
la narrativa fílmica contemporánea de terror no ha sabido aprovechar del todo
tan inédito abono dramático. Y cuando lo ha hecho solo ha sido, salvo
excepciones, para tomar nota -no desde un posicionamiento hermeneútico, o
siquiera una postura discursivo-moral, sino desde una mera óptica oportunista
de tufo conservador de despacho hollywoodino- de los contornos escarlata triste
donde se enmarca el escenario actual de violencia extrema, mafias, disturbios
sociales, inseguridad, crimen creciente, laceraciones a las personas, sangre… Más decantado hacia el reciclaje, el patchwork, el pastiche de temas, asuntos,
conceptos, el terror posmoderno, por arriba de las consustanciales
reubicaciones epocales, no acusa rupturas frontales con la tradición, al fundir
su argamasa morfológica con los modelos cardinales
de representación o los tropos del género. Pero las nuevas películas regurgitan
harto mal a sus precedentes tanto en su ausencia de ambiciones, el nihilista
radio de antena de sus preocupaciones o la atroz falta de ideas, como en sus
acumulaciones indiscriminadas de referencias, su no dosificación de los golpes
de efecto, estética ultravideoclipesca, fárrago de planos cortos en espacio y
duración, abuso del código del ralenti, angulaciones extremas, tomas de picados y cenitales en clonación ad infinitum,
pirotecnia de videojuego, transiciones altisonantes, soundtracks presagiantes, flash
backs confusos de textura granulada -siempre a caballo entre lo granuloso y
el efecto voluta de humo atisbado en esas usuales imágenes de video con el
objeto de manifestar amenazas desde una perspectiva difusa-, y ausencia casi
total de caracterización de los personajes (las verdaderas estrellas de los
filmes son las torturas, trepanaciones, desmembraciones).
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domingo, 25 de agosto de 2013
La protohistoria de Oz
Cuando se dedicaba a criar aves de corral, fabricar fuegos artificiales
o limpiar almacenes, quizá todavía el alemán Lyman Frank Baun ni imaginaba que
en su posterior faceta de escritor iba a ser el firmante de una de las piezas
literarias infantiles más leídas de la historia: El maravilloso mago de Oz,
publicada en 1900, de la cual realizaría doce secuelas en menos de dos décadas
y que también trasladase al universo teatral con éxito.
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