Cineasta hábil ajustado, siempre, al cimbreo del estado mayor del cine
comercial norteamericano, Ron Howard es un director que ha sabido moverse, no
sin diligencia y oficio narrativo -si bien nunca signó hasta hoy una obra
redonda, capaz de catapultarse a la posteridad- en diferentes géneros, desde
las fechas primigenias de Cocoon, Willow y Llamaradas hasta las cercanas de
Frost contra Nixon, la cual es, a juicio común de la crítica sajona, su máximo
opus; no obstante preferir el signante su bastante cuestionada Cinderella Man.
