jueves, 11 de septiembre de 2014

Las noches de Constantinopla, en la televisión nacional


Orlando Rojas, el progenitor de Papeles secundarios, una de las criaturas fílmicas más visualmente rotundas y artísticamente atrevidas (también de las más gélidas) de la historia del cine cubano, se sacó de la manga una comedia gótica, rebelde, vitriólica, transustanciada, dicótoma y tan andrógina como varios de sus personajes en  Las noches de Constantinopla (Cuba-España, 2001, asida esta a una inmoldeable argamasa dramática sustantivada en vibrante y posmoderno tejido intertextual, en concreta conciliación de comedia y melodrama, academia y novedad dentro de un filme que si bien no deja de moverse en un patrón estructural clásico, no resultaría fácil de etiquetar en el panorama insular.

martes, 9 de septiembre de 2014

Metro Manila es cine esencial para comprender a nuestro tiempo


Pocas veces se han visto tan bien definidas las líneas del rostro de la desesperación en el cine del siglo XXI como en el estrenado drama anglo-filipino Metro Manila (Sean Ellis, 2013). Obra imperdible de la pantalla mundial contemporánea, despojada de artificios, trazos gruesos, melodrama e impostura de cualquier tipo y anclada al realismo expositivo, logra ubicarse en el ángulo de miras de sus personajes, para componer un relato concebido y solucionado desde la instancia extrema del agobio y la indefensión más crueles.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Hideous Kinky, una película devorada por su actriz


Hay películas donde la inmensidad de sus intérpretes es tal, que éstos literalmente se comen al filme, sobre todo si su guión no resulta la suficientemente vigoroso para soportar semejante peso. Con Hideous Kinky sucede algo así. La inglesa Kate Winslet, protagonista de la cinta, devora antropofágicamente la historia, y más que sostener el relato -como han apuntado algunos críticos- de veras lo trucida al demostrar con su histrionismo extraclase que la obra se le queda demasiado chica.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Gangstarapper samurai


Un tardío revisionismo pro ha ubicado a El muerto, aquel herético western en blanco y negro de 1995, como una de las cintas más significativas de la anterior década, cosa que particularmente nunca tuve en duda, como tampoco pongo en entredicho que su creador, Jim Jarmush, deje de verdear la grana de la excelencia con Perro fantasma, el camino del samurai (Ghost Dog: The way of samurai). Desde que leí esa inefable novela de E.L Doctorow llamada Ragtime, no encontraba en la perspectiva norteamericana un proyecto artístico sincopado con tan inconmensurable imbricación de ritmos, discursos, visiones y planteamientos filosóficos tan en apariencias excluyentes como armónicos resultan en la estructura interna de la obra dentro de ese concierto de acoples y fusiones. De suerte que este “western oriental sobre un gángster samurai en la era del hip-hop”, tal cual lo definió su realizador, lleva al alimón en plácida simbiosis apuestas creacionales signadas en presunción por sus divergencias contextuales, culturales, geográficas y de otra índole, en un mosaico de interacciones de cuya confluencia emerge la irrebatible certeza telúrica de que las distintas cosmovisiones humanas y artísticas portan el sesgo genésico de las comuniones.
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