sábado, 23 de agosto de 2014

Un profeta


En la demografía psicológica de todas las celdas del cine carcelario cohabitan las figuras del dolor, el miedo y el ojo avizor ante un qué vendrá inminente. El golpe puede llegar en cualquier instante, hasta que el reo alcanza cierto status de seguridad.

El joven magrebí Malik Djebema (Tahar Rahim), personaje protagónico de Un profeta (premiada película francesa), transita la escala evolutivo-jerárquica de la prisión, casi a desgano pero por necesidad ineludible.
El novato, quien no más llegar al penal es obligado por la facción corsa dominante a asesinar a otro árabe, absorberá cual ostión todas las reglas de supervivencia para mantenerse fijo sobre la dura roca.
En este espacio cerrado de rostros torvos e intenciones ocultas, donde las posibilidades de movimiento resultan escasas, habrá que rendir banderas, negociar, humillarse, guerrear; cada acción a su momento, no hay otra para salir vivo. La historia de ascensión de Malik aquí, pues, dependerá en mucho de voluntad y las mejores dotes camaleónicas.
Jacques Audiard, interesante director del panorama galo a quien han considerado sucesor de Melville, Duvivier y Becker, efectúa un seguimiento modélico del curioso personaje central -su antihéroe no responde a muchos patrones conocidos: árabe, analfabeto, joven, noble e ingenuo hasta cierto punto, pero dotado del código genético de las cucarachas para sobrevivir, encarna el anuncio de un nuevo tipo de gangster, al decir del realizador-, como parte de un no menos certero retrato de grupo, dentro de este microcosmos cuyas imágenes evocan a cada minuto la asfixia del entorno.
Aunque el mismo realizador está de acuerdo en que el sistema penitenciario de su país es conocido como “la vergüenza de la nación”, Un profeta -a diferencia de la española de tema análogo Celda 211- tira menos el carro hacia proclividades denunciatorias en torno a la situación interna de las instituciones que al interés de testimoniar las mutaciones experimentadas en las cárceles francesas en tanto espejos de una sociedad cambiante y sumida en un proceso de transformaciones étnicas, religiosas, lingüísticas, éticas.
No existió hasta ésta, obra alguna del cine de prisiones (en realidad sería reductor sembrarla solo en dicha parcela, pues sus intenciones la abren igual a los aires del más objetivo drama social) que con tamaña habilidad participase de la exposición del inmenso tejido de corrupción verificable hoy tras el vínculo de las mafias de afuera y de adentro del penal. Ni las más osadas dentro del panorama EUA, cuna y base de expansión del subgénero.
Ante el desconcierto despertado en muchos por su película, le preguntaron a Audiard  si Un profeta es un modelo de cine carcelario o una subversión de ese género, a lo cual contestó: “Tengan en cuenta que yo hago cine en Francia, y en Francia no existe la misma tradición de cine carcelario que en Estados Unidos. No puedo subvertir un género que no existe en mi país. Pero sí creo que es una obra subversiva, porque se trata de la primera película francesa en la que unos árabes desempeñan un papel positivo, no se trata de terroristas ni de integristas”.
Le inquirieron además que como Un profeta ha sido comparada con El padrino y Uno de los nuestros, y de él suele decirse que hace un cine de regusto estadounidense, si se sentía molesto por ello. Respondió entonces el cada vez más prometedor Jacques: “Mi formación fílmica transcurrió entre el 1968 y 1980, y en esa época el cine independiente americano era fantástico. Tengo una deuda, sí, pero recordemos que directores como Scorsese y Coppola estuvieron muy influenciados por el cine europeo y asiático de los años 60. No estoy de acuerdo con que actualmente uno no pueda hacer cine de género sin que se le compare con referentes estadounidenses. A mí el cine americano actual no me interesa en absoluto”.
No más ver su película, enseguida el espectador se dará cuenta.

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