viernes, 19 de diciembre de 2014

El corazón del guerrero


Lúcido ex crítico de cine, Daniel Monzón (Celda 211) se abrió paso en la realización, como lo hiciera su colega Molina Foix el mismo año, a través de El corazón del guerrero (1999), una película que ante todo, precisa verse como un guignol nostálgico de las obsesiones infanto-adolescentes de gente que como su director y todo un grupo de personas que se halla detrás del filme, forjaron sus personales planetas creativos al calor de la hoguera de esa imaginería alimentada por las historias medievales recreadas en libros, cómics y juegos; el cine de hadas; las películas de bellas y guerreros...

También escrita por Monzón y dedicada a sus padres, quienes propiciaron el ensanchamiento de su universo fabular, sobre la idea argumental de la cinta penden, entre otras, las sombras amigas de Álex de la Iglesia y Santiago Segura, dos señores que han vivificado el cine español contemporáneo con filmes descacharrantes, lúdricos y desmadrados de la guisa de El día de la bestia, Perdita Durango, La comunidad o los Torrente, oro puro en las taquillas de la Península. La empatía con el cine de ambos se deja ver en El corazón del guerrero, principalmente, por conducto del concepto epatante, lúdico, lúbrico y receptivamente multigeneracional de la obra. Esto no es ni cine infantil, ni una versión ibérica de las teenagers americanas, ni comedia, ni explícito cine fantástico, pero a la vez es todo esto. De modo que Monzón burla las atalayas genéricas, le da una hostia poner ante adolescentes hembras de ley en plan de filmes X, y coge para sus cosas a un elemento sagrado del género fantástico, el mago, valiéndose de su persona y del delicioso –y ubicuo- enano acompañante para procurar par de los tres o cuatro momentos verdaderamente carcajeantes del largometraje. Con habilidad, trenza los dos planos temporales en los que se mueve la narración y, ducho en uno de los principales trucos de este arte, dota de entidad a personajes rotulados -sobre todo los jovencitos- con precisión y variedad caracterológica. Su mirada hacia ellos es hermanal, amiga y no exenta del viso dulciamargo con que desde hoy se revisa tal etapa.
Hay solvencia en el planteamiento de la puesta en escena y es casi de hazaña, tratándose de un producto no o estadounidense, la dignidad alcanzada en el campo de los efectos visuales, donde los españoles avanzaban progresivamente ya desde la época del filme. Sin embargo, la narración amodorra por su sucesión de zonas muertas, un conjunto de escenas francamente ridículas y el abuso de la dicotomía niño Ramón-guerrero Beldar. Se alcanza el final casi en estado de duermevela, porque la mayor parte del segmento resolutivo está lastrado de incoherencias, estiramientos injustificados y soserías. Es por esta hora que se tiende a reforzar por otro lado el criterio que prácticamente veníamos formándonos desde el principio en cuanto a lo naif de las bases generadoras del conflicto dramático de esta suerte de parábola neoquijotesca de hechicerías, héroes y villanos alrededor de los posibles rostros de la realidad: una película parcialmente conseguida, que en su afán de pluriaprehensión receptorial, queda a medias en su objetivo con casi todas las gamas etáreas del público.

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