Lúcido ex crítico de
cine, Daniel Monzón (Celda 211) se abrió paso en la realización, como lo hiciera su colega
Molina Foix el mismo año, a través de El
corazón del guerrero (1999), una película que ante todo, precisa verse como
un guignol nostálgico de las obsesiones infanto-adolescentes de gente que como
su director y todo un grupo de personas que se halla detrás del filme, forjaron
sus personales planetas creativos al calor de la hoguera de esa imaginería
alimentada por las historias medievales recreadas en libros, cómics y juegos;
el cine de hadas; las películas de bellas y guerreros...
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viernes, 19 de diciembre de 2014
lunes, 13 de octubre de 2014
Fenómenos en el edificio
Los tipos extraños,
perdedores, outsiders o freaks son los bichos raros predilectos
por Álex de la Iglesia,
desde que el cine le abrió espacio a este maldito gordo español en 1992 a través de Acción
mutante. De allá a acá han mediado muchas películas, casi todas osadísimas,
donde reina esta escoria parida menos por una combinación social de exclusión y
maltusianismo que por otra personal de desprecio e indiferencia ante el mundo
de tales seres. O sea, que no puede hablarse en ellos propiamente de rechazo
hacia sí, porque media el elemento de “no quiero integrarme a” que de su núcleo
parte. Son lo que son, a la larga, más a causa de su mala leche congénita que a
las razones de siempre cuando otros autores hablan de estos mismos tipos. Pero
a Álex no le va ni la sociología ni la psiquiatría, mucho menos los códigos de
lo políticamente correcto. Quizá sea lo que le tiente explorar el perfil
siniestro de la especie.
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