Lúcido ex crítico de
cine, Daniel Monzón (Celda 211) se abrió paso en la realización, como lo hiciera su colega
Molina Foix el mismo año, a través de El
corazón del guerrero (1999), una película que ante todo, precisa verse como
un guignol nostálgico de las obsesiones infanto-adolescentes de gente que como
su director y todo un grupo de personas que se halla detrás del filme, forjaron
sus personales planetas creativos al calor de la hoguera de esa imaginería
alimentada por las historias medievales recreadas en libros, cómics y juegos;
el cine de hadas; las películas de bellas y guerreros...
