El sujeto temático de La
mancha humana (The human stain) es la mentira. Antivalor que la pantalla ha
explorado prolijamente y ahora toca a través de lo que en Estados Unidos se le
llamara desde el siglo XIX “pase racial”: la persona negra que se hace pasar
por blanca con el objetivo de sacar ventajas sociales o evitar recriminaciones
de cualquier índole. El filme, ceñido celosamente a la novela de Philip Roth,
vuelve a un fenómeno que ya algunos
narradores decimonónicos estadounidenses abordaran, ahora con el enfoque puesto
en la figura de Coleman Silk, decano de cierta universidad fictiva
norteamericana, quien durante más de medio siglo vivirá una vida inventada tras
renunciar a su identidad racial. Lo más interesante de esta película de Robert
Benton resulta precisamente su personaje central, Silk, interpretado por
Anthony Hopkins.
domingo, 16 de junio de 2013
La mancha humana: Silk, Faunia y los verdaderos espectros
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Red Riding Hood, La joven de la capa roja
Años antes que Walt Disney convocase a Blanca
Nieves y los siete enanitos para su primer largometraje homónimo de 1937, la
pantalla ya adaptaba -y desde entonces lo ha estado haciendo sin parar-, los
cuentos de hadas o fábulas morales infantiles tradicionales. Por regla, pautada
su hechura a las normativas formales e ideológicas (las conocidas recetas
moralistas) delineadas en estas letras clásicas de Perrault, los hermanos
Grimm, Andersen… Sin embargo, no es mucho el cine fabricado que echase ojo al
horror interno y la carga sígnica (las veladas pero constantes remisiones
eróticas, verbigracia) de tales narraciones, si excluimos escasas producciones;
entre ellas alguna hollywoodense, tres o cuatro europeas y la reciente versión
coreana en clave de terror de Hansel y Gretel (Pil-Sung Yim, 2007).
sábado, 15 de junio de 2013
No es Alien, es Prometeo
Hace 34 años Ridley Scott (South Shields, 1937) ofrendó al patrimonio
fílmico mundial la obra maestra del cine de ciencia-ficción de terror más
impresionante y aportadora de la historia del celuloide. Alien, el octavo
pasajero no tuvo comparación con nada conocido. Terror en el espacio (Mario
Baba, 1965) solo constituiría para el autor de Blade Runner quizá semilla
inspirativa y La cosa (John Carpenter, 1982), pese a su rango, contenía
inocultables rasgos hereditarios de esa pieza de marras portadora de una
alquimia dramatúrgica fraguada del enyunte entre un feraz pie imaginativo que
(re) dibujaba con nuevos cinceles en el espacio sideral el subgénero de “casa
encantada de donde nadie puede escapar al poder de una entidad malévola”, con
el aprovechamiento diegético de cada minuto del tiempo y de cada fragmento del
espacio físico para generar suspense, horror, amenaza, claustrofobia,
insospechados twits o giros de timón y cliffhangers o puntos climáticos
tensionales de antología.
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miércoles, 12 de junio de 2013
Inmaduros, típica comedia de "adultolescentes"
Los cuarenta años, o su cercanía, implican, casi siempre, la aplicación
de un colirio de tristeza en los ojos con los cuales se mira el pasado. La
llegada a la media edad, con su carga de derivaciones inmanentes en cada uno de
los planos del individuo (no el menor el psicológico, por supuesto) supone en
muchos el recuento automático de los pasajes más perdurables de su vida
pretérita, desde el primer día de escuela al beso precursor, el vuelo del nido
paterno, aquel gran amor de juventud… En fin, todo eso lindo que jamás volverá
y que se vivió en su instante con la suprema intensidad de lo irrepetible,
acaso sin saberlo entonces. Suele arredrar el arranque nostálgico las mil
inocentadas cometidas, aquellas tontas actitudes, las picardías del niño
adolescente, las tropelías del bachillerato. Entonces, la sonrisa benefactora
por regla impide que la fuerza de gravedad transporte lágrimas al piso.
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