domingo, 19 de marzo de 2017

Desierto: Corre, mexicano, corre



Alérgica esta blog a hablar de premios, dada la naturaleza escéptica del autor ante muchos que, vistos al cabo del tiempo, solo fueron bluffs, enamoramientos pasajeros con ciertos nombres, naderías aupadas por la coyuntura o el salival de los jurados, sí creo en cambio que el comité selector del último Festival de la Habana la clavó con Desierto, la película mexicana acreedora del máximo reconocimiento en la cita.

Todo quien se haya pasado la vida viendo cine, sabe que esto es cine de verdad. A la película de Jonás Cuarón no le sobra ni le falta un segundo. Epítome de pragmatismo en una concepción orgánica cuyas pautas milimétricas fueron cocinadas desde el guion para contribuir decisivamente a la consecución de una puesta en pantalla sin grietas, la obra del joven director mexicano es digna de llevarse a las academias o escuelas de la materia para desmontarla cuando toque el turno hablar de planimetría cinemática, del empleo consecuente y útil del montaje en la fluencia del relato, del uso del espacio en tanto elemento dinamizador/integrador de la acción, del mantenimiento del ritmo a partir de recursos básicos como edición/fotografía/música.

El filme de 2016 -exhibido en la televisión nacional y de estreno en salas durante este mes de marzo-, es un thriller político cuyo foco argumental reposa en la cacería humana que practica Sam, habitante estadounidense de las cercanías de la frontera (Jeffrey Dean Morgan, el malévolo Negan de The Walking Dead), a un grupo de inmigrantes, a cuyos miembros va eliminando uno por uno, hasta quedar frente a frente con el último de ellos, el mexicano Moisés, interpretado por Gael García Bernal. No se trata de una historia original, muy poco lo es ya al día de hoy. Varias películas, como Frontera y aquel Ed Harris en el rol del vigilante exterminador de turno, han abordado el asunto. El mérito de Jonás descansa en cómo se acopla a la narrativa de grandes títulos como La jaula de oro desde una posición de elocuencia, sustantivada en las formas expresivas y los subtextos coligados.

Los sucesos contados aquí nada tienen de ficticio. Desierto no es una distopía, cual manipuladora o erróneamente han escrito.  Además de pasar innumerables vicisitudes para traspasar los límites fronterizos, muchos inmigrantes se encuentran con el odio xenófobo exacerbado de estos granjeros con los cuales Trump tiene sueños húmedos. Luego de ultimar a los indocumentados, Sam -representante cinematográfico de esa ideología ultra conservadora que corroe el alma del descarriado país del norte-, les ofrece este macabro saludo post-mortem: “Bienvenidos a la tierra de los hombres libres”. Existen muchas alimañas como él en el borde septentrional de  ambas naciones, a la caza de los ilegales; aunque sus crímenes no tengan casi luz pública y no suelan llevarse a la justicia. La película expone una de esas masacres de manera tan hiperrealista que puede impactar a un receptor norteamericano. Por ello, ha sido tan atacada en los Estados Unidos desde la misma presentación de su tráiler, y también fue excluida de la preselección del Oscar al Mejor Filme Extranjero. De forma aun más lamentable todavía, dentro de las miméticas prensas latinoamericana o europea (todas son una misma: la corporativa, controlada por grupos de poder de incidencia mundial) tampoco ha cosechado las mejores recomendaciones, en reseñas que se calcan entre sí.

La verdad, por el contrario, es que el miembro menor de la tribu de los Cuarón ha chupado de las mejores lecciones de Fuller, Boorman, Peckinpah, Penn, Cortés e Isasi, de todos los cuales toma algo, para componer un trepidante filme de persecución humana con trasfondo político, donde otra vez la inmensidad de un  espacio abierto y sin accidentes topográficos -por ende abierto a todos los peligros posibles, en este caso el desierto de Sonora-, vuelve a ser resorte compositivo esencial, cual lo resultara en Gravity, el thriller de ciencia ficción que él coescribió junto a su padre, Alfonso, director allí.

Jonás inserta varias set-piece de antología en un relato donde combina de manera armónica recursos narrativos del western con los de la aventura, la ciencia ficción, el terror y el cine de acción. La del perro asesino de Sam destripado entre los cactus, quizá la de mayor impacto desde el punto de vista visual; si bien, desde el plano político, cada una de las cabezas de inmigrantes voladas por el rifle de Sam constituye plausible alerta de hacia dónde podría abocarse, de manera general, Estados Unidos, si se sigue pulsando la tecla ideológica del odio al otro y estableciendo la relación demagoga entre bonanza económica y no dependencia del exterior o de todo cuanto provenga de allí. Aunque por supuesto se pensó y rodó antes del triunfo del magnate, devino casi justicia poética que esta película haya sido estrenada para las fechas de la llegada de Trump a la Casa Blanca. Cuanto refiere es tan siniestro pero tan real como la retórica propugnada por el nuevo emperador.

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