domingo, 18 de marzo de 2018

Dragones, épica y rubias empoderadas



Los siete capítulos de la, en fecha reciente, concluida séptima temporada de Juego de tronos (la más breve de todas y penúltima de la serie de HBO que finalizará con la octava en 2019) fueron cine de aventuras de la mejor traza, fantasía épico/heroica de la más sobresaliente factura, los cuales -vistos en conjunto- alcanzaron altura como espectáculo de entretenimiento.


A diferencia de algunas precedentes, dicha “season” descolló merced a su peculiar coherencia narrativa interna dentro de un relato arqueado del frenesí a la locura más caótica; en virtud de concentrar algunos de los momentos de más humanidad concebidos a lo largo de la ya extensa andadura del material (aquí podría caber desde la “revelación emocional” entre el Perro y Tormund hasta el precortejo entre Juan Nieve y Daenerys la Madre de los Dragones: lo último entre lo más sutil y tierno de 2017 en la televisión mundial, aunque curiosamente ninguno de los dos actores que los interpretan sean nada especial en su oficio ni exista la mejor de las químicas entre ambos); debido a los buenos diálogos -sin que tuviesen que provenir obligatoriamente del menos alto de los Lannister, como hubo de suceder en etapas anteriores- y en razón de sus set-pieces de antología: imbricadas estas, con pundonor, a antológicos momentos previos del corte de la decapitación de la Mano del Rey, la “boda de sangre”, la batalla en el hielo o el via crucis de Cersei; pasajes todos, junto a otros muchos, los cuales quizá jamás abandonen la memoria de los receptores.

En tanto espectador, en realidad no me ocupan ni preocupan tonterías ultra comentadas en los medios del planeta y las redes sociales como que si la recepción de esta séptima temporada hundió al porno en su hora de máxima audiencia dentro de los Estados Unidos, que si los  supuestos “forzados” o “paquetes” advertidos en el guion, que si los cuervos volaban más rápido que el Challenger o cosas solo proclives a señalar por quienes están más atentos a los detalles supraartísticos, las manchas de la luz y/o no suspenden la credibilidad y no saben, pueden o desean entrar de veras al universo particular e (increíblemente) infinito de esta mitología audiviosual que, en su género, ha sido lo más gratificante desde las andanzas fílmicas de Peter Jackson, con todo y las diferencias manifiestas entre ambos cosmos temáticos y creativos o el talento descomunal e incomparable del director neozelandés.

 A la espera de los últimos seis episodios epilogares de la octava temporada, nos quedamos con el buen sabor de una entrega que en su más reciente edición ha habido además descolgar inteligentes subtextos sobre la naturaleza del poder y los populismos posibles; al tiempo que logró anticiparse a la revolución femenil de los movimientos #MeToo y Time's Up  desde la factibilidad del empoderamiento total de la mujer en los diferentes coordenadas temático-geográficas manejadas en sus guiones.


Cual antes lo hizo la televisión nacional, salas cinematográficas del país proyectan ahora capítulos de la fase prologar de Juego de tronos, en línea con una dinámica ya operada con series como Perdidos, Los Tudor, True Blood u otras pocas también pasadas por los cines cubanos.

A quienes -gracias a dicha opción-, comiencen a adentrarse hoy en la cosmogonía del Poniente, sería válido apuntarles que aunque en la obra del -en materia de fe- poco acomodable George R.R. Martin exista poco de la dicotomía Bien-Mal ultrareferida por el católico narrador británico de El señor de los anillos, el estadounidense fue calificado por la revista Time, de igual modo a otros muchos buscadores apurados de parecidos, como “el Tolkien americano”.

Reacio a las equiparaciones, reales o traídas por los pelos, valdría no obstante destacarle a los cómodos establecedores de parentescos, sí, que el norteamericano -a través de menos magia y arquetipos, más realismo, crudeza, explicitez, diversión, densidad, diversidad de universos morales prohijados por la misma inescrutable naturaleza humana, indagación en los perfiles volitivos, sordidez y sexo-, en verdad ha sabido redimensionar el género épico, la fantasía heroica, a unos tiempos corrientes donde muchas fronteras fueron dinamitadas a favor de un Más Incontenible, reclamante de tensar los arcos de la representación a los límites de lo indelimitable.

El ora esplendoroso, ora irregular Martin -no todo lo emanado de su bamboleante pluma irradia igual- trasluce lo anterior en varias sagas novelescas, de una de las cuales (Canción de hielo y fuego) la cadena HBO tomó buena nota para -con la colaboración del propio escritor- estrenar en 2011 la primera temporada de una serie convertida en la más laureada de la historia de la televisión con 38 Premios Emmy.

A su fabulosa ambientación, diseño de producción de Genma Jackson u organicidad de la puesta en pantalla hay que añadirle la cadencia dramática, tonalidad, ritmo, caracterizaciones…, pero -sobre todo-, la posesión de una entidad cuasi inclasificable en palabras, capaz de jerarquizar cualquier producción audiovisual amén de singularizarla: el ángel de la serie.

Juego de tronos porta un ángel que sobrevuela, vigila, bendice muchos de sus capítulos, desde los primeros diez de la temporada inaugural, a partir del mismo piloto y su inolvidable set-piece inaugural en la nieve, pasando por aquel en el cual al Stark (Sean Benn) que parecía protagonista le arrancan tranquilamente la cabeza.

De predecible nadie podría acusar a este trabajo ungido tanto por la imaginación como por la sagacidad de los guionistas -David Benioff a la cabeza- de no dejar sucumbir la narración entre los fórceps de la épica. Al margen de sus obvias, necesarias escenas de este tipo dado el género del exponente, o la coralidad, gana preeminencia la batalla interior del ser humano dentro de un escenario de pasiones, mentiras, subterfugios e intrigas donde los personajes están configurados para convertirse en baza mayúscula del relato.

Dramáticamente deliciosa la familia Lannister en su totalidad, con destaque el enano Tyrion, compuesto por Peter Dinklage: el tipo más inteligente, cínico e hilarante de estos Siete Reinos habitados por hermanos incestuosos, malvados reyezuelos mimados, retorcidos tipejos, humanidades poliédricas, miradas orbiculares, envidias, celos, rivalidades; también por extrañas criaturas de los hielos, guardianes de noches o muros, dragones y la madre humana de dichas figuras fantásticas: la rubia Targaryen.

De ella y otras mujeres será del todo la octava temporada. Nadie podrá hablar ni de misoginia, ni de faltas de oportunidades para el sexo femenino aquí.

(La crítica fue publicada originalmente en el portal de la UNEAC Nacional)

1 comentario:

  1. Buenas, le dejo un link pero me imagino, Molina que ya lo haya leído.
    https://www.cubanet.org/opiniones/granma-coge-noticia-falsa-aqui/
    No diré si es cierto o falso,en cuanto a la mención a usted y su labor periodística, tampoco quiero darle publicidad a quien realizó el artículo pero me gustaría saber que piensa de lo escrito en el mentado escrito. Gracias

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