domingo, 5 de julio de 2020

Un drama estonio de aliento clásico


Del escaso cine producido en Estonia, y del todavía más escaso que llega a estos lares, puede advertirse la propensión a armar  narraciones fílmicas desde la afinidad hacia esa pantalla clásica construida a partir de un relato poderoso, con múltiples capas de lectura, asido este tanto a la riqueza de contexto como -sobre todo- de personajes sobre quienes suele pender determinada urgencia moral.


Lo anterior pudo apreciarse en el drama bélico 1944 (Elmo Nüganen, 2015) y también, de cierta manera, a través de Madre temerosa (Ana Urushadze, 2017), para ahora confirmarse mediante Verdad y justicia (Tanel Toom, 2019), película que constituyese subrayado éxito comercial/crítico de esa pantalla europea.

Basado en la pentalogía homónima publicada por Anton Hansen Taamsare entre 1926 y 1933, el título de cerca de 160 minutos de duración es una película-río abarcadora de varias décadas del siglo XIX en el decurso de la vida de la familia de Andres, campesino religioso y entregado completamente al trabajo, de cuyo resultado dependería únicamente, según su parecer, el legado que habría de dejarle a sus hijos.

Entre tantas horas  de obediencia ciega a una fe que sigue de forma fervorosa pero que no comprende del todo en cuanto a su aproximación al hecho de amar, entre tantas horas de surco y otras tantas de disputas personales o judiciales con Pearu, el labriego vecino -alguien quien hace todo lo posible por entorpecerle sus intenciones-, quizá pierda lo esencial de un ser humano: el cariño de los suyos, germinado al calor de la ternura, la preocupación y la comunicación de cada día. De tal fractura le habla, ya cerca de las postrimerías de la breve vida de ella, su esposa Krõõt, junto a la cual hubiese querido levantar él la próspera finca que alguna vez legaría a su descendencia como tesoro más preciado.

Verdad y justicia es un drama de evidente resonancias literarias, de esos que no resultan exponentes preferidos por los festivales y el cual probablemente algunos críticos tendentes al facilismo o la pereza despachen hasta con calificativos de “anticuado” o “folletinesco”, injustos ambos criterios en tanto no repararían en una de las bazas más estimulantes del filme: la extraordinaria propuesta reflexiva sugerida por estos fotogramas en torno al sentido de la existencia, la fragilidad de nuestra especie, las distintas maneras de entender/asumir presente y mañana por padres e hijos de acuerdo con sus respectivos épocas e intereses, la inutilidad de los esfuerzos mal encaminados, la vacuidad de las obcecaciones, el qué dejaremos y nos llevaremos de este mundo… Mega-temas y eternos, sí, mas aquí asumidos con una energía en el relato no usual tampoco en este tipo de narraciones cinematográficas. 

Mérito añadido de Verdad y justicia radica en la concepción a grado de escritura e interpretación del personaje central de Andres por el actor Priit Loog, quien lo compone según la distensión de registros que este demanda.

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