domingo, 9 de enero de 2022

Atrapados en la telaraña

 


Inició 2022 con par de noticias aciagas: los decesos del director, actor, crítico y escritor Peter Bogdanovich, el 6 de enero; y del intérprete Sidney Poitier, dos fechas después. Ambas figuras, de la primera escudería del cine norteamericano, e históricas cada una por cuanto representaron en la evolución de dicha pantalla, pese a sus diferencias de origen, raza, cultura y derroteros creativos coincidieron en algo: ninguno comulgaba con el tipo de superproducciones rodadas en Hollywood durante las décadas más recientes.

Al presentar, en 2019, su documental sobre el maestro de la comedia Buster Keaton, cargó Bogdanovich, como tantas otras veces, contra la calidad del cine de hoy día: “Las películas solían ser algo poderoso cuando no se buscaba vender productos. Ahora se trata de colocar productos para vender y no de hacer una buena película. El cine lleva tiempo en decadencia. Ya no se hacen películas originales; todo son precuelas, repeticiones y una obsesión por vender productos como los superhéroes. A mí no me gusta ese cine”.

Aunque existan muchas clases diferentes de cine -no solo ese comercial perteneciente a la gran industria norteamericana; y continúen estrenándose, a pesar de su público menor, extraordinarias piezas fílmicas, algo de lo cual 2021 fue un muy  buen ejemplo-, al director de La última película y representante significativo del Nuevo Hollywood se le entiende, sobre todo, al apreciarse qué es lo dominante en términos comerciales.

A ello no solo se ha referido él; antes lo hizo, entre otros, el principal cineasta vivo de Norteamérica, Martin Scorsese, y ni todo su prestigio impidió que lo atacasen violentamente en las redes u otros medios. El autor de Pandillas de Nueva York, cauto, nunca más habló del asunto; pero a Bogdanovich le importaba un bledo la imbecilidad a granel de las plataformas digitales.

Si bien visto a escala global y desde el prisma cualitativo el concluido constituyó un calendario orlado de notorias películas, sí es cierto que en el terreno de las apetencias populares resultó, por el contrario, un año tétrico. Como en todos los períodos de crisis, los géneros vinculados al fantástico tuvieron, una vez más, su agosto; pero fundamentalmente el de los superhéroes, algo ya erigido en tendencia.

Los datos anuales de la industria norteamericana, recién divulgados, reflejan lo anterior. La parte mayor del botín taquillero se la llevó, otra vez, Disney, a través de su adquirida Marvel. Con mil 300 millones de dólares recaudados a lo largo de todo el mundo, a los cuales se sumaron otros 609 en los Estados Unidos, su El hombre araña: sin camino a casa, no tuvo rival en la boletería. Y ello, en medio de la intensificación de la pandemia en el planeta, tras la llegada de Ómicron.

Los analistas de la industria explican el fenómeno en el hecho de que el sector demográfico que más ha acudido a las salas durante el pasado diciembre y el actual enero es el de 18 a 35 años -algo que también ya es tendencia-, menos temeroso al virus. Al segundo fin de semana de exhibición, el último Spider-Man había superado los mil millones de dólares, algo que no sucedía de forma tan vertiginosa desde 2015, con Star Wars, el despertar de la fuerza, mucho antes de la irrupción de la enfermedad.

Pero Disney no solo atrapó a los espectadores del globo en la telaraña infinita de Peter Parker, sino además mediante otros tres títulos de superhéroes y aventuras fantásticas colocados en los puestos del uno al diez: Shang Chi y la leyenda de los diez anillos, el cual se granjeó cerca de 435 millones de dólares alrededor del orbe; Viuda negra y Eternals, dirigida por una incomprensible Chloé Zhao, quien tras filmar un drama de categoría a la manera de Nomadland (Oscar a la Mejor Película el año anterior) se contradijo autoralmente a través de esta mediocre producción. Como mediocres fueron todas las superproducciones más taquilleras de 2021.

Sin embargo, ninguna de las verdaderas grandes películas norteamericanas o del resto del globo figuró dentro del top-ten taquillero; ni siquiera en los sitios del veinte al treinta. Por supuesto, el tema guarda relación con cuestiones mercantiles, las distribuidoras, la promoción, los gustos condicionados y la necesidad evasiva de parte de los espectadores; pero también con educaciones estéticas nunca formadas.

En fin, el punto es que no hay nada nuevo bajo el Sol, todo sigue donde mismo, y al finado Bogdanovich no le podía caber más razón. Representa un asunto, sí, que no solo atañe al cine: cuando leemos la desoladora noticia que alguien que solo debería generar asco como Bad Bunny domina las escuchas universales, hemos de prepararnos para saber que todo puede ser posible. ¿Estará nuestra raza condenada a ese futuro de idiotez total vaticinado por científicos, escritores y cineastas?

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