Al olor de sus ´70, Martin Scorsese, último maestro vivo del cine norteamericano, rubrica en La invención de Hugo (Hugo, 2011) el filme más nostálgico, autobiográfico, familiar, irrigado por la fantasía y reafirmante tanto de su inmenso amor hacia el cine como de sus notables conocimientos históricos en torno a dicho arte. El único rodado por él hasta el momento en 3 D. Con verdadero sentido en su caso, no por mera moda, sino en función de expandir la profundidad de campo; conferir plasticidad a geniales travellings aquí articulados o a determinadas tomas aéreas.
Este último trabajo suyo cumple varios fines, pero de modo personal lo veo como la lección regalada por el gran autor a esos directores, novatos o no tan, quienes tienen la impudicia de sostener en entrevistas que no han visto más de “las películas necesarias”. ¿Cuáles son? Averigüen.
