En
Déjame entrar (2008), su más
sobresaliente obra fílmica hasta el momento, el realizador sueco Tomas
Alfredson compuso pura poesía vampírica en una historia de sangre, dolor,
abuso, amor, refugio e integración de las alteridades, contextualizada en el
frío y la nieve. Tanto la dramaturgia como la puesta en escena se confabulaban
en dicha maravillosa película -a la cual el autor de este comentario dedicó un artículo
en la revista Cine Cubano-, para gestionar un alcance artístico inigualado en
el subgénero, acaso comparable en rotundez a la muy subvalorada e
imprescindible Solo los amantes
sobreviven (2013), del estadounidense Jim Jarmusch.
