lunes, 26 de mayo de 2014

Ángeles y demonios del cine de terror contemporáneo


Expresión replicante -aunque no más a medias y sometida a luenga proclividad exegética-, de una época signada por la atracción hacia el exceso en sus implicaciones artísticas, políticas, bélicas, criminales, mediáticas, publicitarias, patológicas, consumistas, antiecológicas…; por el lipovetskyano “triunfo de las pantallas en la sociedad hipermoderna”; la apocrificidad de las llamadas filosofías posideológicas; el infinito trotar de caballos apocalípticos; nuevos juicios finales y premoniciones de oscuros paisajes urbanos harto semejantes a los configurados en las epopeyas distópicas más espeluznantes del fantastique, la narrativa fílmica contemporánea de terror no ha sabido aprovechar del todo tan inédito abono dramático. Y cuando lo ha hecho solo ha sido, salvo excepciones, para tomar nota -no desde un posicionamiento hermeneútico, o siquiera una postura discursivo-moral, sino desde una mera óptica oportunista de tufo conservador de despacho hollywoodino- de los contornos escarlata triste donde se enmarca el escenario actual de violencia extrema, mafias, disturbios sociales, inseguridad, crimen creciente, laceraciones a las personas, sangre…  Más decantado hacia el reciclaje, el patchwork, el pastiche de temas, asuntos, conceptos, el terror posmoderno, por arriba de las consustanciales reubicaciones epocales, no acusa rupturas frontales con la tradición, al fundir su argamasa morfológica con los  modelos cardinales de representación o los tropos del género. Pero las nuevas películas regurgitan harto mal a sus precedentes tanto en su ausencia de ambiciones, el nihilista radio de antena de sus preocupaciones o la atroz falta de ideas, como en sus acumulaciones indiscriminadas de referencias, su no dosificación de los golpes de efecto, estética ultravideoclipesca, fárrago de planos cortos en espacio y duración, abuso del código del ralenti, angulaciones extremas, tomas de  picados y cenitales en clonación ad infinitum, pirotecnia de videojuego, transiciones altisonantes, soundtracks presagiantes, flash backs confusos de textura granulada -siempre a caballo entre lo granuloso y el efecto voluta de humo atisbado en esas usuales imágenes de video con el objeto de manifestar amenazas desde una perspectiva difusa-, y ausencia casi total de caracterización de los personajes (las verdaderas estrellas de los filmes son las torturas, trepanaciones, desmembraciones).

La pantalla de miedo del siglo XXI fue presa de un calentamiento global precoz, anunciado eso sí -no más mapear los noventa del siglo ido para confirmarlo: a la fecha solo quedan islotes; esta roca sólida, levantisca o curiosa surgida en tal punto; aquel nombre otrora de luxe ahora reciclado en algo más menos parecido a cuanto siempre hizo…; algún forastero de San Hollywood que asoma rasgos de estilo (puede ser francés, alemán, japonés, coreano, español) y luego es subsumido/neutralizado por la Meca tan raudo como Megan Fox desbarata anatomías con su boca salaz en Diabólica tentación. Se extrañan autores, corrientes, vibraciones, signos de vida; se aborrece este marasmo, la lancinante sensación de déjà vu.  Sí, a los filofantaterroríficos no nos queda más remedio que asentir que ha pasado muchas águilas por el mar desde los tiempos cuando el género proyectaba energía; y no hablo de la protohistoria de la Universal ni la posterior Hammer, sino de muchísimo más acá, de los días aquellos donde del británico tórax de John Hurt emergía, tan feo como luminoso, el Alien fundacional de Ridley Scott (1979), o cuando el viejo Jack hacía sus mejores muecas de arrebatado al deambular por el hotel de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980); de las gozadas de Peter Jackson en Nueva Zelandia; o las sagas de Sam Raimi (1) o George A. Romero; los aportes de Carpenter…
Es cierto que ahí, siglo en marcha, habitan movimientos, tendencias y sellos, o películas o realizadores destacables por una u otra razón: en el primer caso no puede olvidarse algún brillo de la cola trasera del J-Terror u  Horror Oriental, como tampoco los repetidos pero cualitativamente intermitentes esfuerzos de la productora catalana Filmax; el sello Ghost House Pictures, de Sam Raimi, u otros. Y en el segundo, propuestas o nombres a la manera de Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), La aldea (excepcional e incomprendidísimo terror psicológico de M. Nigth Shyamalan), El orfanato (Juan Antonio Bayona,  2007), los británicos Neil Marshall (El descenso, Dog Soldiers) o sus coterráneos hermanos Hughes (Desde el infierno) y Brad Anderson (Sección 9), el surcoreano Bong Joon-ho (El huésped y Phone), el australiano Gregg Malean (El territorio de la bestia), la canadiense Antonia Bird (Voraz), los argentino-mexicanos Pablo Siciliano y Eugenio Lasserre (El bosque), el norteamericano Victor Salva (Jeeper Creepers), los españoles Álex y David Pastor (Infectados), Jaume Balagueró y Paco Plaza (el díptico REC), Juan Carlos Fresnadillo (Exterminio), o el hindú Tarsem Singh (La celda). Obras/nombres indicativos de las potencialidades narrativas, expresivas de un género reacio a marchitarse del todo, pero, como apuntaba antes, constituyen hechos, individualidades aisladas, huellas asistemáticas, sombras efímeras, cimbronazos de ocasión.
El corpus del género sufre de una depresión tan grande como la atravesada por la economía mundial, y ¡curiosidad¡ por primera vez en su historia el terror no ha sabido rentabilizar sus dilectas oportunidades de crisis mundiales para levantar escalofriantes epopeyas parabólicas (algunos éxitos de público de producciones recién estrenadas no desmienten lo anterior, ellos solo guardan relación con la también proverbial tendencia evasiva del espectador en períodos tales). Antes bien, se deja llevar por la corriente, fabricando en serie para el omnipotente mercado adolescente. (2) Ante un público tan poco exigente -incapaz de no serlo al convertirse en un narratario condicionado sin derecho a discusión-, los relatos hechos para su consumo tienen el peso de las palomitas de maíz consumidas al ver películas que no originan escenarios, ni ideas, ni recursos: trabajan sobre lo establecido, solo que, eso sí, incorporando en dosis cada vez menos veladas rasgos eminentemente conservadores, doctrinarios, excluyentes. Olvidémonos ahora de los viejos mensajes pro de George A. Romero sobre guerras, desconfianza o consumismo desenfrenado lacerantes de la civilización occidental. Ya sabíamos con J. Hoberman y Jonathan Rosembaun que “todo zombie es político”; los suyos más que ninguno; mas hoy día los mensajes no van de eso. La densidad de significados del discurso de la década en curso, lejos de lecturas críticas, apunta a que el género anda a paso estrecho junto a la ideología neoconservadora. Su decalogía fundamentalista de angelización moral insiste sobre todo en el alerta, la reconvención, el llamado al “no hagas eso”. El cine de terror adolescente del momento, o porno-tortura religiosa, parece hecho a tres manos entre un padre victoriano, algún predicador de la secta Moon y un clon de Karl Rove. La tendencia setento-ochentera del género del castigo a la promuiscuidad sexual acentúase a grado sumo en la retahíla de novísimas versiones (3) de los filmes dirigidos e a aquella altura por nombres icónicos tipo William Friedkin, Wes Craven, John Carpenter o Sean S. Cunnigham, entre otros. Las revisitaciones parteadas por el dilatado revival -La masacre de Texas, El exorcista, La profecía, La última casa a la izquierda, Viernes 13, Halloween …- participan casi en mayoría del espíritu punitivo contra el diferente o el pecado supuesto por las relaciones carnales, el alcohol, el ocio, e incluso la desorganización de una agenda a cuyos personajes fílmicos esta pantalla no perdona demasiado tiempo fuera de la oficina o el collage. Codificado como pocos, el género adopta en su variante de “jóvenes perseguidos por asesinos, descuartizadores, fenómenos, mutantes” las pautas normativas más estrictas. Aquí todo opera con arreglo a similar esquema. Un ejemplo que habla por todos: Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009) (4). Especialista en matanzas juveniles y remakes, en su anterior versión de La masacre de Texas (2003) el alemanito Nispel -como en la referida onceava versión de la serie del asesino Jason-, también echaba en fauces malévolas a hormonales niñas de buen look. Jovencitas abiertas en canal cuya carne rellenará el sopón de una tribu de fenómenos no es de lo que carece el terror adolescente. En La masacre… el Mal fílmico viene representado por una familia disfuncional, conformada por tarados, engendros y otras perlas más bellas que los Freaks del Tod Browning homónimo de 1932.  Para los personajes deformes del subgénero (que no se enfocan en ningún caso desde el prisma del comentario social de marginados del stablishment o cosa así, todo lo contrario: sobre la asimilación del concepto de amenaza)  no existe claro reconocimiento de la entidad binaria Bien-Mal, solo responden a un rencor maligno congénito sin, para ellos, contrapartida moral verificable, el cual no identifica signos de luz, bondad o religión. Ergo, serían estos elementos los que en su contrahecha subjetividad apreciativa entreverían como los causantes de reducirlos a su condición. De modo que, y según el anterior entendido, actúan por efecto de redargución contra esos muchachitos lozanos, vitaminados y sin preocupación alguna en su vida no sea pertrecharse de un paquete de condones. En cristiano, son tan enemigos para Hollywood como los árabes que persigue el agente CIA Leonardo Di Caprio por el Medio Oriente en Red de mentiras. Expresión siniestra del looser, los inadaptados o sujetos fuera de la órbita del sistema, también son los representados, verbigracia, por los mutantes boscosos de Virginia (Kilómetro 666, Rob Schmidt, 2003) et al, o los fenómenos desérticos del remake hecho por el joven director francés Alexander Aja de Las colinas tienen ojos (2006). El desconocimiento/aprehensión, el desprecio/ignorancia del ciudadano medio norteamericano por la otra parte de los terrícolas, mala cosecha de la ideología imperial, queda evidente en Hostel, ese gran éxito mundial de público en 2006. Aunque el ministerio de Turismo checo echó pestes por la galería snuffmovista en territorio bohemio de su relato de adolescentes picoteados en vivo para deleite de ricos, Eli Roth repitió la dosis en 2007 e inauguró la nueva moda subgenérica del turiterror, bien en sincronía con la apoteosis de una época marcada por el clima de odio a lo externo y las alteridades hiperbolizado tras el cisma del 11 de Septiembre. Hostel da aceite y mantequilla al subgénero de “terror de viaje de incauto de vacaciones en el exterior”, exacerbador del miedo a lo desconocido y la desconfianza entre los seres humanos. Luego del sonado éxito comercial cayeron varias “gemas” replicadoras del eco, encajables dentro de disímiles subvariantes: Turistas (John Stockwell, 2007), o Las ruinas (Carter Smith, 2008): aquí una ávida de sangre vegetación mexicana funciona como metonimia del cariz xenófobo de tales exponentes.
Este cine no puede ocultar, su ralea exploitation, su visceral naturaleza de producto de consumo, prenda de usar y tirar al servicio de la emoción primaria y la morbosidad. (5).  Sobadas, exprimidas, las fórmulas argumentales dan vueltas sobre un mismo círculo sin posibilidad de salida, habida cuenta la estandarización extrema de un dispositivo que a ciencia cierta, así reconozcámoslo, tampoco cuenta con mucho terreno virgen donde reconcebirse, al menos desde planteos ortodoxos o aceptables para la industria. De cierto, existe tanta abulia neuronal que uno abandona los visionajes con más tortura en los ojos que la de Betsabé en el cuadro de Rembrandt y tendiendo a preguntarse si sus hacedores de cajón serán capaces en determinado momento de zafarse, por ejemplo, de los clisés del personaje que entra en escena de forma inopinada, la puerta que cruje, la sombra pasajera, los constantes y saturadores efectos sonoros, el pedazo de carne desgarrado…, en fin los recursos arquetípicos ya agotados a la fecha.  Mucho del terror actual se cuece en una caldera cuyos olores se olvidan en medio soplo, en tanto sobran los bodrios, con escasa cabida para las buenas recetas de los clásicos en las metodologías al uso. Pese a lo mucho que Spielberg les regalara la enseñanza a los jóvenes directores que si mostraba más de unos segundos a su escualo gigante de Tiburón sangriento “menos parecía una fuerza de la naturaleza y más un trozo de plástico”, el estilo contemporáneo dentro del cine estadounidense pasa por la descarnada explicitez gráfica. Y la sugerencia a la hostia. Por esta cuerda se mueve el trabajo de Rick Rosenthal, Marcus Adams, Rob Zombie, Zack Znyder, Jamie Blanks, el Jaume Serra-Colet de Casa de Cera (no así el de la superior La huérfana, 2009)…
Quienes sí hallaron en el arte del sobrevuelo, en terreno de lo inductivo y el subtexto, bazas comunicantes fueron los japoneses y algunos vecinos, a través del denominado J-Terror. La comelotodo industria estadounidense trasladó al ABC casero unas cuantas de estas producciones, con mucho más interés en lo narrativo que en lo visual, blasón distintivo, el último, de los practicantes del Pacífico. Las versiones gringas, salvo dos o tres excepciones de aciertos en su forma, hacen palidecer aun más a los lívidos fantasmas larguipelinegros de las cintas niponas, coreanas, hongkoneanas y tailandesas. El ángulo ontológico de la soledad, la pobreza existencial, las cuitas y el proceso de muda cerebral del ciudadano actual desconectado de sus mismas esencias, así como el aura melancólica, los silencios, misterios, el tempo, los tonos, las sorprendentes vueltas de tuerca observados en las obras del género realizadas en el este por gente como Hideo Nakata (mascarón de proa con su copiadísima Ringu, de 1998); los hermanos Pang, Takashi Shimizu,  Kiyoshi Kurosawa (su Crímenes oscuros, de 2006, clasifica entre lo más depurado del saldo asiático en la materia), Takashi Miike, Norio Tsuruta, Byeong-ki Ahn, Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom, muta por lo general en ramplona estridencia al verterse al filtro Hollywoodland. Los readaptaciones mainstream de El ojo o Una llamada perdida, no importa los refrescadores de pantalla a lo Jessica Alba o quien sea, representan ejemplos perfectos del adocenamiento narrativo en el cual incurrió la corriente versionística USA del terror amarillo. Es que por sacarle las tiras al último centavo potencial, aquí se llega a hacer de todo, dentro de ese todo siguen cabiendo las “de casas embrujadas”, “niños malévolos”, “profecías seudoreligiosas” o las igual de añejísimas pero a estas alturas intragables monsters mash (películas de monstruos juntos). Tal cine caroñerro se alimenta de despropósitos como Alien contra Predator o Freddy contra Jason y naderías parecidas. (6). También entra en el saco la prolongación, al infinito y más allá, de sagas como Saw (7).
Aunque no todo está perdido en el género -a veces asoman cabeza modestas pero interesantes obras cual las al inicio evocadas u otras de la guisa de las estupendas Escalofrío (Bill Paxton, 2001), May (Lucky McKee, 2002) o Arrástrame al infierno (Sam Raimi, 2009)…-en sentido general campea el espanto gratuito, fluyen dramáticamente fútiles e interminables chorros de sangre salidos de cortes o zajaduras equis, ya sea en variante gore o slasher. La meta consiste en extender a escala inaudita el tendal de cadáveres de turno, a través de mutilaciones extremas provocadas por machetes, garfios, cuchillos y las triunfantes sierras de la era Saw. Epifanía, o mejor orgásmica masturbatoria, de la crudeza sádica. Culmen de la explicitación de la crueldad, sin la poética de la ausencia, la sugestión como vía para crear miedo y las elipsis del terror clásico, sino justo al revés: cual resorte de búsqueda de gozo en un narratario suerte de verdugo voyeusadomasoquista ante el sufrimiento ajeno. El espectador asiste al escópico reallity show del snuff movies flagelario. Verdad que es de mentiritas, se trata de una puesta en escena, claro, y no estamos viendo animación sino terror con todo su imaginario secular de horrores ya sentado, también es cierto; mas a la larga entre el disfrute del crimen en vivo y el del montaje pende, en el plano espiritual, tan solo una delgada línea de separación que no para mientes en ningún caso, sea anatomía o celuloide, sobre cuanto implica en términos de involución de la especie bajar el pulgar a los victimarios de estos circos de tortura, muerte y humillación del ser humano.

NOTAS:

1) Su Arrástrame al infierno, de 2009, supone momentánea vuelta a los orígenes de Within the woods o la trilogía Evil Dead, cual alto en medio de la saga Spider Man.
2) En EUA viven 79 millones. En términos de boletería, les corresponde las tres cuartas partes de las entradas vendidas en salas.
3) Como casi ningún muchachito americano se ha tomado el trabajo de buscar los dvd originales de los terrores del ´70, o al menos es la excusa dada por los estudios, varios sellos las retoman, con presupuestos y batería de efectos especiales mucho más holgados, aunque las secuelas, recreadoras tan solo de un registro epidérmico de la memoria cinéfila, llegan descafeinadas, limada la  ruibarba de cualquier alusión intradiegética sobre hombre civilizado, barbarie, o represión de impulsos en el sujeto contemporáneo con las cuales asaetaban a la conciencia los filmes originales.
4) Los muchachos WASP (blancos, anglosajones, protestantes) con pinta de modelos de turno acuden por enésima vez al lago intraboscoso donde el celebérrimo Jason vio arrancarle la cabeza a su madre para empezar luego él a defenestrarlas por su cuenta. Cerca del tenebroso Lago Cristal hay sembrada mucha marihuana, algunos se hacen la boca agua. Aunque Schwarzenegger quiera legalizarla para bojear la debacle financiera de California, eso es mala palabra en el contexto que nos ocupa, donde se demoniza la yerba. Baja la noche y con ella la cháchara, los tragos; dos enamorados van a su casa de campaña, al descampado queda la otra nena cuyos senos se apuntan bien bajo su camiseta sin necesidad de mojársela mediante el erohúmedo lugar común sentado década atrás por conducto de Sé lo que hiciste el último verano. La oscuridad tienta las ganas de sus diecipico trigueños años, de modo que comienza a tocarse con fruición sus pechos tipo Pamela Anderson ante su novio; mediarán segundos entre tanto éste la penetre  mediante coitus a tergus tomado en plano americano para que esos senos lujuriosos bamboleen bien frente al espectador. Pero llega Jason y manda a parar. Su legendario machete dejará acéfalos a ambos pecadores. El Santo Oficio ha hecho su primer auto de fe, si bien habrá un posterior lance punitivo de idéntico signo: ya en la casa del acaudalado joven que invita al camping. Este tiene lugar en el lecho de dicha mansión y dura cerca de extensos cinco minutos (en el terror más próximo algo común, lo sabe bien el último Patrick Lussier) trae de plus jadeos, escorzos, y ¿cómo no¿ las tomas frontales de esos siempre grandes senos, ahora rubios. El niño-hombre-muerto enmascarado rascabuchea a través de la ventana, aunque sin afán lúbrico, lo suyo anda por el castigo a los concupiscentes amantes no matrimoniados, tarea que viene haciendo con puntual perseverancia desde la era Reagan. Así, van quedando cuerpos en el camino; al final solo llegan, obvio, los más castos, constantes, sufridos, íntegros, moralmente fuertes. Para colmo, hijos de una madre recién muerta por cáncer. La hagiografía del horror suele preservar sus arcángeles.
5) Historias incapaces de generar susto, de producir genuinos escalofríos, son tan de laboratorio que casi nunca provocan al espectador la sensación de formar parte de una pesadilla ni logran generar ese clima opresivo distintivo de lo más granado del género. No pocos exponentes se olvidan de la lección de la noventera Scream, cuyo sesgo autoirónico le puso muletas al género para seguir su camino, en tanto rebosan solemnidad en proporción semejante a cómo le falta vitriolo, sarcasmo, mala leche o mero humor. El componente lúdrico, vencido siempre en magnitud por la gazmoñería, la moralina y la pacatería, luce impostado, a la guisa de la pieza suelta de cierto puzzle.
6) Varias de de estas películas no exhiben grandiosos resultados en taquilla. No resultan demasiado habituales fenómenos multimillonarios como las variantes del falso documental y miedo filmado desde el punto de vista de camarita digital en manos de los personajes  reproducidas en El misterio de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), Paranormal Activity (Orem Peli, 2009) o Cloverfield  (Matt Reeves, 2007), donde un monstruo asuela el Nueva York post trauma 11 de Septiembre, en la misma línea de los bichos atacantes en la Guerra Fría, solo con cambio de foco en el peligro: ahora proveniente de perdidas cuevas de los consabidos oscuros rincones. Ya un artículo aparecido en el New York Times, hace dos años, refería el nuevo fenómeno de cine de terror directo para dvd (productos estandarizados a una duración de noventa minutos de duración, para su adquisición extensiva a las cadenas televisivas) un negocio de 150 millones de dólares al año que tiene como uno de sus actores de peso a la distribuidora Lionsgate, la cual en  2005 logró vender en siete días más de 3 millones de discos de la parte original de Saw, resultados conseguidos igualmente con otras cintas de escaso presupuesto y elevadas cuotas de terror. Constituyen producciones hechas a semejanza de las de Serie B de los años 50 y 60, de poco dinero, escasos escenarios, bastantes interiores, actores desconocidos… pero, ojo, sin la inteligencia ni la viveza  de aquellas, cuyos responsables -a esos entre los cuales Robert Rodríguez homenajea con justeza en su por desgracia malograda Planeta Terror, de 2007- levantaban con imaginación creativa lo que les faltaba de presupuesto.
7) La sexta parte de esta saga (Kevin Greutert, 2009) que llegará a ocho, fue calificada X en octubre de este año en España “por su sentido pornográfico y apologético de la violencia”. En iguales términos se había pronunciado la revista New York Magazine respecto a Hostel.

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