viernes, 27 de julio de 2018

La batalla de los sexos: vindicación amable, denuncia tenue



Estrenada en las salas cubanas, La batalla de los sexos (Battle of the Sexes, 2017), aborda primeramente el contexto previo del acontecimiento y luego encarrila el nervio central de su planteo hacia el  celebérrimo duelo deportivo y supra-deportivo establecido, durante la década de los setenta del pasado siglo en los Estados Unidos, entre los tenistas Bobby Riggs y Billy Jean King.


Riggs (asumido por Steve Carrel) y la King (incorporada por Enma Stone) constituían, según el filme se encarga de acentuar a ultranza, los reversos de una moneda dentro del juego/negocio del deporte blanco. Él, un ex campeón en retiro y de paso por la cincuentena, era un tipo insufrible, pedante, autosuficiente, cegado por la arrogancia y la soberbia machistas, quien vendió imbécilmente al match como la constatación de la supremacía absoluta del género. Ella, la número uno del ranking femenino en la especialidad, de 29 años, era pausada, modesta, sensible, en cierto modo dubitativa antes sus propias fuerzas, lo cual hacía más grande en tanto más humana.

Tales perfiles caracterológicos, se inferirá, pueden dificultar, de entrada, un trabajo fecundo en la composición de matices de esos dos personajes centrales del filme y este representará el mayor escollo de los directores, el matrimonio creativo y real de Jonathan Dayton y Varelie Faris, para cimentar tonalidades, para rubricar los necesarios matices que compensarían a lo que está a punto de ser, sobre todo en el caso de Riggs, una silueta de caricatura macabra o suerte de Joker sarcástico que se pavonea por la escena. Sí, al parecer así era el sujeto, o algo semejante; mas el cine, mucho más el actual, procura un desplazamiento del enfoque binario clásico de lo negro y lo blanco.

En tal sentido, los realizadores de la para algunos casi mítica pero a esta altura en verdad intrascendente Pequeña Miss Sunshine (2006) equilibran merced al personaje protagónico femenino -no obstante un punto santificado para mi gusto-, que defiende esa actriz todo contagio de emoción y buen hacer interpretativo que es Enma Stone.

Me pregunto si tanto subrayado en la diferenciación entre ambos haya sido de manera inconsciente o a resultas de una fuerza mayor que compeliese tamaña proclividad del delineado, pues de lo sí que no deben albergarse dudas es que el binomio Dayton/Faris injertó su película al tronco feraz de la Revolución #Me Too y Time´s Up, dado que cuanto está ventilándose aquí es la oposición entre el prototipo del recalcitrante machista a lo Weinstein, recidiva nefasta de la imposición del patriarcado a través de los siglos, y la necesaria validación y aceptación de la igualdad de los géneros.

Por ende, aunque se promocione como tal, no es a la larga tanto una película deportiva como una película de “planteamientos”. Tesis que, en virtud de su obviedad, podrían parecer simplistas, a ojos de algunos. Al comentarista, como creo ya que a muchos millones de hombres que pudieran tranquilamente prescindir de cuanto comunica esta obra fílmica, le queda claro no solo dicha igualdad de los géneros, sino además -al menos en mi caso- la razón demostrable de que el sexo femenino nos lleva planeta de distancias a los hombres a la hora de llenar el morral de supervivencia: sexto sentido, medida para apaciguar conflictos, visión, tacto, sensibilidad y un largo etcétera. Pero la película, lo mismo que tantas otras existentes y otras muchas por advenir en breve de su sesgo, sí resulta necesaria todavía para otros muchos millones, quienes siguen minusvalorándolas, abusándolas y dudando de sus extraordinarias potencialidades. Gente a la cual precisa ponérselo claro en pantalla.

Eso induce a apreciar la cinta, no tanto con condescendencia como sí con cierta complicidad volitiva y similar proyección ética que los realizadores, en lo tocante al punto de marras. Ahora bien, en otros aspectos, sí se registra aquí una oportunidad perdida tanto para establecer procedentes vínculos entre el filibusterismo mediático-autopromocional de Riggs y los sucedáneos de la era telerreal de Trump, con el emperador en jefe a la cabeza (algo de cara a lo cual el filme poseía mucha tela para cortar), como también para ribetear lógicos apuntes en torno a la sordidez de un negocio multimillonario semejante al del tenis, algo tocado muy de soslayo y sin deseo alguno de ofender a nadie, a diferencia de Will Smith con el futbol rugby en su muy crítica Concussion (2015).

La batalla de los sexos es una película bastante blanda en dicha cuerda, demasiado centrada en su tema (salvo la historia de amor entre la King y otra mujer, algo no por cierto e inteligentemente abordado en la narración, tampoco menos oportuno a este momento histórico: y ya son demasiadas las coincidencias pragmáticas de Dayton/Faris), sin ánimos de lastimar a nada ni nadie, que expone la lacra de los supremacistas genéricos aunque no la pone en contexto ni en posición de contraste con otros múltiples espacios verificables.

De igual manera, tampoco para mientes en que las disparidades intersexuales, si bien no a semejante nivel de 1973, prosiguen hoy día en el tenis a escala deportiva y sobre todo en la parte mercantil de un negocio dominado de a pleno por los hombres.

En el plano técnico, rutilan en la puesta en pantalla un diseño de producción y una fotografía determinantes en la consecución de esa textura visual remisiva al cine, la televisión y la propaganda deportiva de los setentas.

Los incondicionales del comediante Carrel tendrán sus momentos de guasa asegurado, probablemente muchos, puesto que si bien el filme (a lo Yo, Tonya) no abandona nunca su -acaso antitético- tono de humorada, le deja robar demasiado show a quien propone como el peor de los antihéroes dentro de esta semi impugnación simpática, nunca salida de los márgenes “denunciatorios” permisibles y del molde de vindicación cortés femenina hollywoodense aprobado desde los tiempos de George Cukor. 

(El texto fue publicado en el portal de la UNEAC Nacional).

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