Cláudio
Assis parece asirse a la conclusión spinosiana de “No me río ni lloro ante las
acciones de los hombres, solo aspiro a interpretarlas” al trazar el mapa humano
de su ríspida, lancinante Amarillo mango (Amarelo manga).
Película amarga donde encontrarlas pese al humor que la equilibra, sobresale
ante todo por la configuración que Assis hace sobre la base del guión de Hilton
Lacerda de un entramado vivencial múltiple, en el cual opera a manera de
resorte emotivo individual la obsesión que cada quien abriga, como válvula de
escape al cerco de la letanía de jornadas con sudor a soledad, hastío, mugre e
infelicidad. Assis no juzga ni bendice, se limita a exponer; pero de su
planteamiento se desprende un afán exegético por traducir a partir de su eje de
personajes las lisuras y curvaturas de un modo de vida condicionado por la
miseria.
